Surf or die... of laughter IV: el mejor regalo que le puedes hacer a un surfista... Después de una tabla, un traje de neopreno, un surfari, unos escarpines...
sábado, 29 de diciembre de 2018
domingo, 2 de diciembre de 2018
Me sigue faltando algo Bueno
Tengo profundas lagunas culturales, más bien lagos Titicaca
o Victoria, y no conocí de la existencia
del pintor Antonio Gómez Bueno hasta agosto de 2009 (espero que si lee esto, me
perdone); concretamente cuando Florian Carlo organizó una fiesta de
presentación de una exposición suya en su tristemente desaparecida The Flying
Longboarders.
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Portada de mi segundo libro, realizada por G.B. |
Por aquel tiempo acababa de sacar mi primer libro, Surf or
die… of laughter, estaba escribiendo otro y viendo su obra, su estilo colorido
y desenfadado, su sentido del humor ácido y su inspiración en el universo de las
olas… se me encendió una especie de lucecita y se me ocurrió que era perfecto
para hacer la portada. Sin conocerle en absoluto, lo googleé y encontré su
página personal. Le escribí, le conté mi problemática y ¿adivinan? ¡Gualá! Me
contestó y encima desde China. Y digo esto, porque algo que parece de lo más
normal, que le escribas a alguien, le cuentes una cosa y te responda no es ni
mucho menos moneda de cambio habitual
hoy en día. Se lo aseguro. Mucho menos cuando eres un desconocido, estás
empezando en algo y al que escribes es alguien que profesionalmente tiene un
prestigio, una carrera y un reconocimiento.
Poco a poco, fui indagando en su persona, en su obra y fui consciente de
mi atrevimiento, de mi inconsciencia y de la dimensión artística del creador
al que había escrito. Me entró cierto vértigo, que se acabó convirtiendo en
ataques de ansiedad y taquicardias, cuando posteriormente y sin hablar en
ningún momento de dinero, acertó mi encargo e incluso me pidió, en un alarde de profesionalidad, que le mandase
algún capítulo del libro para inspirarse. Supongo que nadie o muy pocos de los que lean
esto hayan leído mis relatos, pero el hecho de que un escritor aficionado que
se autopublica ediciones con tiradas tan numerosas como la población de
Urogallo en la cornisa cantábrica (y sospecho que algún ave se quedaría sin su
ejemplar) llamara a las puertas de Gómez
Bueno para sugerirle que le hiciese la portada de su próximo libro es algo así como que uno llame a Steven Spielberg
o Martin Scorsese para hacer el reportaje de su boda o de su último baño con
los colegas en El Sardinero.
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Magistral portada de la cuarta entrega a cargo del genio cántabro |
El caso es que pese a estar afincado en California, tener
expuestas obras permanentes en algunos de los museos más importantes de Los
Ángeles, acudir anualmente a algunas de las exposiciones de arte más
importantes del planeta (Arco entre otras), firmar los carteles del Festival
internacional de Salinas durante tres años, de un concierto para Metallica…. Finalmente Gómez Bueno realizó las portadas de
mi segundo y mi cuarto libro. Y no he tenido que vender ninguno de mis riñones
ni estoy pagando ningún crédito de Cofidis. Pudo hacer la del tercero, pero
tras ver el tiempo y el esfuerzo que había invertido en la del segundo, tiempo
que había sacado entre numerosos proyectos, decidí no solicitárselo y posteriormente
fui reprendido por ello, porque le habría encantado colaborar en Surf or die of
laughter 3 (La última y me salgo).
¿Por qué estoy contando todo esto? En los últimos tiempos,
veo que muchos de los pueblos de Cantabria que han confiado en el surfing para
vertebrar y dotar de contenido a su oferta turística están realizando
paralelamente una serie de actuaciones artísticas para que sus calles tengan
una atmósfera más surfera. Muralistas, grafiteros, artistas especialistas en
arte urbano… Todos están llenando los puntos neurálgicos del surf en Cantabria
(Suances, Somo, Santander) de colores y formas. Me enteró de proyectos a través
de las páginas de los periódicos, o simplemente voy a coger olas y me encuentro
cada vez más murales en paredes, edificios o en rincones cercanos a la playa. Los
leo y los veo y aunque no me desilusionan siempre veo con cierta tristeza que
nunca encargan uno de estos murales a Gómez Bueno, o que nunca organizan una
exposición o ahora que está tan de moda, le dotan de una estrella al genial pintor. Me parece injusto por muchos motivos, en
primer lugar por la dimensión artística
del personaje, pero también porque Gómez
Bueno es uno de los nuestros, es un surfista y es cántabro. Y tener un montón
de murales con motivos surferos y carecer de la obra del artista cántabro surfista
más internacional es como si en el MAS o en cualquier museo de arte cántabro
que se precie faltasen Solana, Riancho,
Blanchard , Gran, Quirós o los hermanos Calderón… Especialmente sangrante me
parece la ausencia de un mural suyo en Suances, localidad de la que es
originario, local mitíquisimo de Los Locos, y a la que acude puntual todos los
veranos.
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Actuación urbana de Gómez Bueno en un colegio de Los Ángeles. |
El único motivo que siempre se me ocurre para explicar esta
terrible laguna, casi tanto como las mías culturales, es que como vive en
California los todopoderosos comisarios, concejales o los encargados de
seleccionar a los autores con criterios imparciales y escrupulosamente ceñidos
a méritos creativos lo deben de ver como
un artista inalcanzable. Entonces recuerdo mi propia historia con mi portada y
sé que esto no es cierto, y que tal vez la próxima vez que organicen una
edición de arte callejero podrían escribirle (yo les doy el correo) para
proponerle algún proyecto en su tierra. Mientras tanto, cada vez que vaya a la playa
y mire a las paredes, a los edificios... seguiré pensando lo mismo: me sigue faltando
algo Bueno en Cantabria.
jueves, 8 de noviembre de 2018
Siempre nos quedará el Gran Miércoles
No sé si será que uno ya va cumpliendo unos años, pero cada
vez que me acercó a la playa, me bajó del coche y veo el panorama del parking, me entran ganas
de volverme a subir, y sin sacar la tabla de la funda ni ponerme el traje, arrancar
el motor y volverme para casa. En última instancia, consigo controlarme y me
resignó, haciendo míos los célebres versos de Jorge Manrique de “cualquier
tiempo pasado fue mejor”. Bueno, para ser sinceros, por el panorama playero y
porque hace tiempo que comprendí que nunca más volvería a surfear como en el
verano de 2004. Ni de lejos. Menos mal que cuando me pasa todo esto, voy a
casa, me pongo El Gran Miércoles y me reconcilió con el presente y afrontó con
una mayor dosis de optimismo y de indulgencia el futuro.
Tampoco la célebre
obra de John Milius ha escapado de esta fiebre de la superficialidad, la frivolidad
y el postureo, y hay quien, en su delirio histriónico, y su culto al personaje
por encima de la personalidad ha creído ver en el Gran Miércoles exclusivamente
una especie de tabla de los mandamientos o manual de estilo de estética
playera, de coches de época, de guateques surferos, de hit parade de música, de
bañadores y camisetas vintage, de tablonismo y de maniobras barroco/manieristas,
de peinados... ¡Allá ellos!
A todos estos cools,
hipsters , old schoolers, esnobs o revivals les digo que El Gran Miércoles es un
decálogo sí, pero no de estética surfera, sino un manantial interminable en el
que saciarse de ética y esencia surferas, una vacuna ante la superficialidad y
un antídoto frente a la ola de vulgarización y frivolidad que nos azota; porque
precisamente si de algo nos alertaba el Gran Miércoles era de los peligros de la popularización
y de la democratización del surf, porque en sí misma la popularidad de un
deporte no es mala, pero lo es cuando lleva consigo la pérdida de sus raíces,
de sus señas de identidad, de cierta amnesia de su ser; porque cuando la gente que ve una película o practica
un deporte sólo se queda con la ropa, el peinado y la estética de estos, deben
saltar todas las alarmas. Porque cuando un deporte cuya marca primigenia era el
individualismo (“De todas formas siempre estás solo. Esa es la prueba del
surfer, hacerlo solo, acostumbrarse a no depender de nadie.") acaba
convertido en una actividad exhibicionista que carece de todo sentido cuando no
hay público o no se puede hacer
partícipe a los demás de nuestra condición de surfer con todo tipo de
distintivos inimaginables, pegatinas, tatuajes, logos, gorras, gafas de sol… es
para preguntarnos hacia dónde vamos o en qué momento del camino nos torcimos de la senda…
A todos los que juran amor eterno al surf, que hablan de
su plano existencial, de su condición casi de religión, de estilo de vida y que
se ofenden y se violentan cuando alguien comete la desfachatez de llamarlo “deporte”,
que van de buscadores incansables, de boquilla, siempre de boquilla, de la tormenta cincuentenaria
les preguntaría cuántos de ellos estarían dispuestos a sacrificar sus carreras, sus trabajos o las comodidades de sus vidas de pequeños Bobos (Bohemios-burgueses) por ser limpiadores de piscinas en muchos de los chalets o
urbanizaciones que hay al lado de sus veneradas y frecuentadas en vacaciones,
puentes y demás fiestas de guardar playas; tal y como hizo Matt Johnson. Eso es
una declaración de intenciones y un compromiso hacia el deporte que amas. El
resto, juegos de artificio, y como hoy en día a ellos mismos les gusta decir tanto, simple “postureo”.
Gracias a John, a John Milius, siempre nos quedará El Gran Miércoles. ¡Feliz cuarenta aniversario!
Píldoras contra la
frivolidad:
-¿Has hecho mucho surf Matt? No... Solo cuando era necesario.
-Los amigos son para cuando no tienes razón. Cuando
la tienes, no necesitas nada.
-¡Carai, eso no es un deporte, es una epidemia!
-Nadie surfea siempre .
-Yo no soy surfer,
sólo soy una basura.
-De todas formas siempre estás solo. Esa es la prueba del
surfer, hacerlo solo, acostumbrarse a no depender de nadie.
sábado, 27 de octubre de 2018
sábado, 20 de octubre de 2018
Hondar 2050, la batalla por un mar libre de plásticos ha comenzado
Muy pocos colectivos como el formado por los surfistas es tan plenamente consciente de fenómenos como el cambio climático o la degradación del medio ambiente. No hay más que irse a la playa a coger unas olas y percatarse de que la subida del nivel del mar por efecto del calentamiento global o la contaminación del fondo marino por parte de los plásticos y otros residuos de origen humano es una realidad, y no únicamente, como sostienen ciertos lobbies interesadamente, una leyenda urbana o una invención de los ecologistas para asustar a la población.
Tal vez por este mismo motivo, los surfistas hayan creado organizaciones como la Surfrider foundation o hagan documentales como Hondar 2050, con el que intentar transmitir y al mismo tiempo tratar de minimizar en la medida de lo posible las grandes amenazas que se ciernen sobre los océanos.
Hondar 2050 es un producción audiovisual creada por el realizador italiano afincado en Euskadi, Cesare
Maglioni (1977, Forli, Italia). Una
radiografía fidedigna y sin edulcoraciones de la problemática de la basura
marina en las costas vascas, pero que es extensible a cualquier punto bañado
por el mar de nuestro país y del planeta.
La entrevista con Cesare Maglioni se puede leer en stafmagazine
domingo, 14 de octubre de 2018
La surfería de Suances. Alejo Solar en estado puro
En un país de tabernas irlandesas donde tras la última e irrechazable oferta del agresivo comercial de bebidas de la zona, consistente en diez mesas, cuarenta sillas y ocho sombrillas para la terraza, no queda de irlandés ni las cervezas del cañero, se agradece un establecimiento a pie de playa como el que ha montado el surfer Alejo Solar en Suances.
La Surfería no es el enésimo bar que aprovechando la imparable moda del surf que sufren nuestras costas ha decidido subirse a la ola, intentando hacer el agosto a costa de vender cervezas, cafés o raciones de rabas a los surfistas sustituyendo donde antaño estaba el póster del Madrid de la décima o el reloj del Barcelona o de puritos Reig por un cartel del Gran Miércoles o de The Endless Summer. La Surfería es un bar de surfistas para surfistas. Un local con atmósfera y ambiente surferos donde reponer fuerzas comentando con los amigos el último baño o tomarse un gin-tonic una tarde sin olas sin el runrún de fondo de las invocaciones a la madre del colegiado del partido del Canal Liga.
En teoría, las tiendas, los bares que frecuentamos reflejan
la personalidad de sus propietarios; pero la realidad nos dice otra cosa.
Merced a las franquicias, una tienda es igual aquí que en Helsinki. Otras veces,
los dueños dejan el aspecto de sus locales en manos de un diseñador de
interiores o de un prestigioso estudio que cobran un pastón por unos conceptos
y proyectos incomprensibles para el común de los mortales. El Marketing también ha hecho mucho daño con sus
análisis de mercado y sus estudios de promoción en punto de venta. Por fortuna,
todavía quedan románticos que optan por darles a sus negocios un toque
personal, que les gusta imprimirles su sello o dejar su huella de identidad.
Por eso, cuando me enteré que Alejo Solar (Torrelavega, 1973) dejaba su tienda
de surf, en la ciudad, después de 20 años, para instalarse en Suances
(Cantabria), a pie de playa, tenía ganas de ver su nuevo negocio. Bajo el nombre de La Surfería, Alejo reúne,
bajo el mismo techo, lo que ha estado haciendo toda su vida, impartir clases de stand up paddle y surf y
dirigir una boutique surfera, y le suma ahora bar, restaurante y próximamente
hotel. Además organiza conciertos, exposiciones, recitales poéticos… Un garito con alma y ambiente surferos que es
la fiel expresión de su propietario.
-¿Cómo definirías
este nuevo proyecto que has emprendido: La Surfería?
-Tal y como reza uno de los eslóganes que le hemos puesto: “La Surfería es mucho”,
porque va a englobar muchas cosas. La idea es que La Surfería no sea un bar, que no sea una tienda, que no
sea una escuela. Que sea todo a la vez; que el que venga aquí tenga la
sensación que puede hacer todo… Que pueda darse un baño con nosotros, tomarse
una cerveza, dormir en nuestras habitaciones. La idea es ésa, que lo sea todo.
miércoles, 10 de octubre de 2018
Surf or die... of laughter IV, la saga se amplia
Sale a la luz Surf or die... of Laughter IV, Jon Satrústegui lives después de más de seis años de trabajo. Una vez leí a alguien decir que había escrito un determinado libro ante la insistencia de la gente, que prácticamente se lo había suplicado de rodillas (sin comentarios). Si yo me hubiese guiado por esto, jamás hubiese escrito un libro de relatos de surf, no digamos ya un segundo, un tercero y ahora un cuarto. Cuando cerré en falso la saga, subtitulando la tercera entrega como "La última y me salgo", precisamente me dejé guiar por factores externos, desoyendo una voz interior que me aseguraba que el trío de peligrosos surfistas locales formado por Jon Satrústegui, El Oso y Armando Leza aún tenía mucho recorrido y vida por delante. ¿Por qué habría de privarles de vivir las más estrafalarias aventuras cuando dentro de mí no hacían más que ocurrírseme situaciones disparatadas y sentía que no había llegado el final todavía? Triste es la vida del artista que somete su actividad creativa a las demandas externas y más triste es la de aquel que se inhibe a la hora de crear algo porque desde fuera no se lo piden. Además, en un país donde se estila tanto la subvención (el dinero público no es de nadie), ¿no es precisamente esa una de las pocas ventajas que tiene la autopublicación? ¿Que te puedes permitir el 'lujo' de sacar un libro, a sabiendas de que los estudios de mercado te lo desaconsejan, porque eres tú el que pones y el que decides palmar la pasta?
El escribir estos libros ha tenido una finalidad que no era la inicialmente esperada. Mis libros no han tenido un fin cuantitativo, ni me han servido para conocer a mucha gente ni para tener muchos lectores, pero por contra han sido un pasaporte inmejorable para entablar amistad con un puñado de auténticos personajes que sin la excusa del libro jamás hubiese conocido. En esta cuarta entrega, desde la portada hasta las reseñas que he puesto en las solapas, trató de devolverles mi gratitud... Aunque creo que el favor una vez más me lo vuelven a hacer ellos. Desde a Mario San Miguel que en un momento de horas bajas me mandó un inesperado SMS diciendo que se estaba partiendo con mis libros y que aquello era "auténtico torrentismo ilustrado", hasta David García, 'Capi', pionero de las escuelas de surf en España, y al que recuerdo llevé el primer libro para vender en su Escuela Cántabra de Surf a regañadientes, pues pensaba que al leer algunos de los relatos en los que parodiaba las escuelas, poco menos que me lincharía. Luego, se ha convertido en uno de mis mayores valedores y tanto él como su hermano Nacho me han echado siempre una mano en todo lo que han podido. Luego, está el caso del pintor Gómez Bueno, al que no conocía absolutamente de nada, y desde la lejana California y desde el primer momento accedió a hacerme la portada del segundo, luego del cuarto, y que me ha dado todo tipo de contactos, consejos y que incluso me sugirió para formar parte en una exposición que sobre la cultura del surf en España se organizó en el Museo Marítimo de Asturias. Pero por encima de todas estas cosas, de todos ellos me llevo una de las más valiosas lecciones de vida, que entre personas hay que echarse una mano, independientemente de que los conozcas o no; con más motivo si cabe si es un desconocido.
Pero no desviemos la atención, Surf or die... of Laughter IV constituye una entrega más de las disparatas historias del surfista local Jon Satrústegui, o como versa su sinopsis:
"Cuarta entrega de la saga de relatos de humor surfrealista
más original y desternillante de la historia de la Literatura Universal. Jon
Satrústegui regresa de entre los muertos para intentar frenar una vez más,
junto a sus amigos, El Oso y Armando Leza, lo imparable: La alarmante
popularidad que el surfing está alcanzando en el siglo XXI. Frente a ideas tan
extendidas como que “el surf es un deporte para toda la familia”, “mi playa es
tu playa”, “si quieres aprender a surfear, yo te enseño”, el trío de peligrosos
locales pone un poco de cordura, recordando algo tan básico como que cuanta más
gente haya en el agua, menos olas tocarán por cabeza. Auténticos exponentes del
maltusianismo y del nacional localismo playero más despreciable que dejan a
Donald Trump y su muro a la altura de un altruista cooperante de Médicos Sin
Fronteras o la Cruz Roja".
419 páginas de acción ininterrumpida a lo largo de los siguientes relatos: No sin mi perro; Rebelión en la playa; Desátame; Satrústegui, acorralado; Satrústegui, el de los quince; Fortunata y La Jenny; Cincuenta sol y sombras de El Oso; A propósito de El Oso; Surfaris Santillana; Memorias de Sudáfrica, Soy leyenda; Los puentes de Ashley Madison, etc...
“Surrealista
Torrentismo ilustrado. Genial y original manera de unir el surfing con la
literatura de un modo más real e irónico. Esta saga es algo particular y único.
Una caricatura bien real que sabe reírse de sí misma”. Mario
San Miguel, Artista y surfista
“Jon Satrústegui es
parte de nuestra familia ya. La saga debería llamarse Surf o muérete de la
risa, porque me he muerto de risa leyendo estos libros, con muchas situaciones
que realmente sé que pasan”. David ‘Capi’ García, Director de la Escuela
Cántabra de Surf
“Estos relatos son las
filosofías surfísticas reales, y contadas de una forma amena y divertida. ¡Historias
del surfing a nivel nacional que pasan las fronteras internacionales! No hay ninguno
igual que otro. Disfrútalos porque son únicos”. Manel Fiochi, Leyenda del surf e introductor del surfing moderno y la
tabla corta en España
“Creo que el motivo por el que Jon Satrústegui se convierte
en un personaje entrañable a medida que vas leyendo las páginas de la saga
“Surf or Die…” es porque todos nos vemos reflejados en él. Por muy disparatadas
que sean las situaciones en las que se ve envuelto, los que llevamos el veneno
de las olas dentro, de alguna manera sabemos que bajo determinadas
circunstancias, en unas coordenadas espacio temporales favorables, Jon
Satrústegui somos nosotros mismos con otro nombre”. Gómez Bueno (Pintor, escultor, surfer y autor de la portada).
California 2017
“La saga ‘Surf or Die... of Laughter’ es una desternillante
mixtura de surf y cultura popular de los 80 y los 90. Aunque no hayas oído
hablar en tu vida de cómo hacer un tubo y piensas que la ola de izquierdas
tiene algo que ver con la socialdemocracia, las novelas de Eduardo Illarregui
te arrancan una carcajada continua gracias a su ritmo desenfrenado y sus tramas
surrealistas”. Jorge Garma, periodista
“Surf or die... of laughter es probablemente el enfoque que
necesitaba el surf español. Una vez superado el enfoque trascendentalista y de
engorile que todos pasamos al empezar a coger olas, aprendemos a reírnos un
poco de nosotros mismos, y eso nos hace disfrutar aún más de este deporte. Surf
or die es lo mismo. Relatos cortos de surf donde se cuentan una serie de
verdades como puños sobre la vida del surfista medio de este bendito país”. Fine (Costasurf.com)
sábado, 6 de octubre de 2018
viernes, 21 de septiembre de 2018
martes, 17 de julio de 2018
Mario San Miguel y la FFF, personal trainer y programa de ejercicios para tu ser interior
No soy nada partidario de los mal denominados libros de
autoayuda o crecimiento personal, género
que en los últimos años ha experimentado un considerable aumento y que salvo a la editorial y al autor dudo mucho que ayuden a nadie más; y sí
reconozco que me he leído Quién se ha llevado mi queso y El caballero de la
armadura oxidada. Pese a todo, decidí leer La Fabulosa Fórmula de la Felicidad de Mario San Miguel.
Por el título, podríamos pensar que la FFF es un título más dentro
de esta cada vez más amplia colección de los libros de autoayuda; y su autor, Mario San
Miguel, un coach o gurú más que intenta
llevarse su parte de ese jugoso pastel que las editoriales han descubierto en
los lectores occidentales ávidos de enseñanzas vitales. Nada más lejos de la
realidad.
A lo largo de toda mi
vida, cada vez que veía y escuchaba a alguien como Mario San Miguel, alguien que reivindica abiertamente
la felicidad, el carácter feliz de la vida, el valor terapéutico del amor, de
la risa y de los abrazos, el poco valor de lo material… Aparte de pensar que se
había fumado algo o de pequeño se había pasado con su exposición a dibujos como
Heidi, Marco, Los Osos Amorosos o la Aldea del Arce, invariablemente siempre decía lo mismo: “Este tío no
tiene problemas, tiene la vida solucionada, no tiene una jefa ni que pagar
hipotecas, ni una suegra…” Y ése ha sido mi error todos estos años, error que he descubierto
leyendo la FFF y teniendo la gran suerte de conocer a Mario San Miguel. Esta gente no es feliz, porque
no tenga problemas, pues claro que los tienen, y como todos (las novias les
dejan, las tías que les gustan pasan de ellos, el motor del coche se les peta y les
deja tirados en mitad de la autovía, los guardias civiles les multan por exceso
de velocidad, les cuesta llegar a final de mes, pisan excrementos de perros tamaño XXL en los parques…) son felices por cómo afrontan
estos y por cómo los viven e interiorizan. En primer lugar, desde un punto de
vista terminológico no los llaman “problemas”, y donde el común de los mortales
vemos uno, ellos ven una oportunidad de crecimiento, de avance y de
desarrollo personales. Una prueba con la que salir reforzados y mejorados.
Vivimos en una
sociedad en la que tendemos a subordinar la felicidad a una cuestión meramente
circunstancial. Con lo cual invariablemente siempre ponemos la posibilidad de
ser o no felices fuera de nosotros y nunca en nuestras manos. El ejemplo más
claro de esto es que nos toque la lotería. Depositamos nuestra felicidad y
nuestros sueños en el azar puro, duro e indiscriminado y en los cálculos de probabilidades más
remotas. La Fabulosa Fórmula de la Felicidad nos insiste que la felicidad no es
tanto una cosa circunstancial como personal, y como es algo que está en
nosotros, podemos trabajar a diario. Al igual que vamos al gimnasio, a la
piscina y hacemos running para trabajar nuestro cuerpo y éste esté sano, la FFF
nos da un montón de buenos consejos para que ejercitemos nuestro interior. Una buena
tabla de ejercicios para poder estar bellos y sanos por dentro; en algo que a
priori exteriormente no se ve como los bíceps o los torso tabletas, pero que tanto
nosotros como los que nos rodean acaban sintiendo, viviendo y beneficiándose.
Título: La Fabulosa Fórmula de la Felicidad
Subtítulo: Fórmulas, Claves y Frases
Autor: Mario San Miguel Montes
Editorial: Editorial del Vacío
Número de páginas: 304
Contacto: http://www.mariosanmiguel.com/
Noveno Festival Escuela Cántabra de Surf
El festival Escuela Cántabra de Surf es uno de esos eventos
deportivo-culturales (aúna campeonatos de surf y skate y festival de música)
que no sólo ha conseguido afianzarse con los años, sino que edición a edición
ha ido dimensionándose y también definiendo su filosofía. Si en un principio el
evento únicamente incluía un campeonato de surf (perteneciente al circuito
cántabro de surf) ahora se ha convertido también en una cita ineludible para
los amantes de la buena Música Electrónica, Punk, Funky y Reggae. Eclecticismo
en estado puro. Y todo, tal y como recuerdan sus organizadores, de forma
completamente gratuita.
Esta novena edición se celebrará, como siempre, en la
localidad cántabra de Somo, a pie de playa; del viernes 31 de agosto al domingo
2 de septiembre. El apartado deportivo incluirá el Vigésimo Campeonato de la
Escuela Cántabra de surf, una de las pruebas más consolidadas del panorama
nacional y que nuevamente será valedero para los circuitos regional y nacional,
con las categorías Open y Féminas de surf y donde participarán los mejores
surfistas locales y nacionales del momento. Si las olas y el tiempo acompañan,
el espectáculo estará garantizado.
Los amantes del monopatín
también tendrán su cita con el Octavo Campeonato de Skate y donde surfearán el
asfalto muchos de los mejores skaters; cita ineludible para los amantes del
skateboarding.
Durante la noche del sábado 1 de septiembre, las olas y la
rampa dejarán su sitio a la mesa de mezclas, al micro y a los instrumentos
musicales; y es que, paralelamente, a la pruebas de surf y skate, en la
plataforma del antiguo camping de Somo,
se desarrollará el Noveno FESTIVAL DE MÚSICA, que celebra el 28º aniversario de la Escuela Cántabra de Surf.
El festival
comenzará con djs y distintos talleres, que darán paso a una buena dosis de
buena música con grupos de la talla de Dre Gipson & Tha Black Joke Cannons,
antiguo componente de una de las bandas más importante de la escena
californiana, the Fish Bone, que deleitará con sus ritmos de Punk y Funky. Otra
de las bandas que estarán en el Festival será The Capman, con su cantante Nacho
Aldeguer, que sorprenderá con su original directo. Igualmente pisarán el
escenario juntos dos de las mejores
voces del panorama reggae nacional, como son Roberto Sánchez (Lone Ark) y
Benjammin. Habrá otros conciertos y sorpresas que aún no se pueden desvelar,
así como grandes sesiones de djs como Ministro de Fomento, Ras Nachete, Chema
Armengou (Gou Music) y Woody Iglesias.
Una cita ineludible
para los amantes de los deportes de deslizamiento y de la buena música, en un
evento que cada año va cogiendo mayor madurez y consistencia, hasta convertirse
en uno de los festivales playeros-veraniegos más importantes del norte de
España.
viernes, 6 de julio de 2018
Hacia rutas Salvajes y Años Salvajes, o la enorme indignación con la que el hombre corriente recibe la vida de los grandes aventureros
A raíz de la lectura del libro de William Finnegan Años
Salvajes, me entraron ganas de leer otro libro cuyo protagonista se ve
también dominado por sus ansias de aventura como Hacia Rutas Salvajes. En la
contraportada del libro de Finnegan, el crítico literario del The New York
Times Magazine, Jay Caspian, dice
textualmente que Años Salvajes “como Hacia rutas Salvajes de Krakauer, es una
indagación empática de lo que ocurre cuando las ideas literarias sobre la
libertad y la pureza calan en un joven y lo llevan a los lugares más recónditos
del mundo”. De alguna forma, esta cita me puso definitivamente sobre la pista
del libro de Krakauer, que hasta el momento solo conocía por la adaptación
cinematográfica de Sean Penn, la cual nunca había visto completa, salvo
fragmentos sueltos.
Tal y como explica el periodista y aventurero Jon Krakauer en
un primer momento Hacia Rutas Salvajes fue un reportaje periodístico que se
publicó en la revista Outside. En
él, Krakauer cuenta la historia del joven de 24 años Chris McCandless. McCandless, dominado por un espíritu romántico y
libertario, se interna solo y sin apenas equipamiento en las duras tierras de
Alaska con el sueño de poder vivir de lo que caza y recolecta en la naturaleza,
dejando atrás la civilización y el dinero. Cuatro meses más tarde, unos
cazadores encuentran su cuerpo sin vida. Esta es posiblemente la gran
diferencia existente entre Finnegan de Años Salvajes y McCandless de Hacia
Rutas Salvajes. Mientras uno consigue salir vivo de su aventura, se reinserta
en la sociedad y se convierte en un prestigioso periodista de conflictos
internacionales, incluso gana el Pulitzer, McCandless perece en su aventura y
su sueño le cobra la más alta de las facturas: su vida.
Otra de las cosas
que me ha llamado poderosamente la atención es la gran hostilidad con la que la
gente recibió la historia de McCandless. Lejos de admirar al protagonista por
su gesta y su valentía (aguantó en soledad y alimentándose de lo que
recolectaba y cazaba en el bosque la friolera de cuatro meses, en un entorno tan
hostil como el de Alaska), Krakauer relata cómo tras la publicación del
reportaje a la redacción de Outside no hacían más que llegar decenas de cartas
criticando al difunto joven por su soberbia, inconsciencia, ignorancia, y por
el gran dolor que su egoísmo y falta de empatía había causado en sus pobres padres…
Entre otras cosas se acusa a McCandless de arrogante por sobrestimar sus
conocimientos de supervivencia y al mismo tiempo subestimar a la propia
naturaleza. Algunos lectores directamente le llaman estúpido por internarse en
Alaska con una mochila con tan solo cinco kilos de arroz, una escopeta de
pequeño calibre con la que no podía
abatir piezas de gran tamaño, sin ropa de invierno ni víveres suficientes. Hay
quien se ensaña e incluso le llama tonto y dice que McCandless podría seguir vivo tan
sólo con haber leído un libro de supervivencia como los que les dan a los boy
scouts en sus campamentos…
Todas estas
reacciones me han hecho reflexionar sobre el efecto que historias como la de
McCandless y Finnegan causan en la gente corriente, entre la que me incluyo.
Como no me puedo meter en la mente de todos los que escribieron aquellas cartas
sobre McCandless y su falta de preparación, su idealismo inconsciente y
autodestructivo, lo que sí puedo hacer es decir lo que yo creo que nos pasa con
todos estos aventureros. La historia del joven McCandless nos toca la fibra
sensible y algo muy dentro de nosotros. Algo que poco o nada tiene que ver con
nuestra indignación porque alguien que está en la flor de la vida perezca por
no llevar linternas, un forro polar o suficientes latas de conservas. Es algo mucho más profundo e íntimo. Una
herida latente que muchos tenemos y que no por ser ignorada ha dejado de
supurar. Una herida cuyo origen son los grandes sueños olvidados y la renuncia
a cumplirlos en esta vida. McCandless nos recuerda que existe una alternativa a
lo que nosotros elegimos en su día y muchas veces justificamos con un poco
creíble “no tuve más remedio”; que entre seguir los parámetros sociales y hacer
lo que esperan de nosotros, hay otra vía; que nuestros sueños de juventud no tienen por qué
ser irremediablemente postergados o traicionados por hacer lo convencional o lo
predispuesto.
Chris McCandlees emprendió su viaje a Alaska en busca de la
naturaleza cuando tenía 24 años, nada más salir de la universidad. William
Finnegan ni tan siquiera acabó sus estudios universitarios, se marchó a
recorrer el mundo en busca de olas perfectas. Cuando la mayoría de nosotros
estamos buscando másters, doctorados, prácticas, enviando currículums a
empresas, apuntándonos en oficinas de empleo o nos planteamos un viaje para
aprender idiomas, algo que de alguna forma facilite nuestra incorporación al
mercado laboral, Chris dejó su confortable hogar de clase media-alta, quemó su
dinero y emprendió una aventura, abandonando un futuro profesional de lo más
prometedor. Tal vez, la gran hostilidad con la que la gente recibimos historias
como éstas tenga que ver con la envidia de ver que alguien tuvo la valentía de
hacer algo que nosotros no hicimos y deseamos hacer; o también porque a menudo
estos aventureros nos recuerdan a nosotros mismos que en el enorme dilema de
tener que elegir entre el camino trillado y más seguro de lo convencional y socialmente
aceptado y la incertidumbre de lo insólito nosotros cogimos el primero.
Durante muchos años,
invariablemente, cuando leía en revistas de surf la historia de jóvenes
surfistas que emprendían viajes por el mundo en busca de olas paradisiacas,
tubos perfectos… recibía estas noticias de la misma manera. Al igual que los
lectores de Outside, lejos de admirarles por hacer lo que yo quería y no me
atrevía, sin conocerles ni a ellos ni sus circunstancias personales, los
criticaba duramente e invariablemente les catalogaba de “hijos de papá” que
tenían la vida solucionada y no tenían que trabajar ni estudiar para subsistir.
Creía que a su regreso les estaría
esperando el dinero de papá, como un colchón de seguridad, para salvarlos de su
‘inconsciencia’. Recibir estas historias con hostilidad, como si se tratase de
una especie de insulto personal, y no como una oportunidad de aprendizaje, supuso
en mi caso un gran e imperdonable error, pues me cerró por completo a otras
experiencias o alternativas, y me hizo concebir mi propia existencia como una
obligación perpetua en la que invariablemente había que hacer siempre lo mismo,
porque no me permitía ver más opciones,
y en la que el único rol que me quedada era el de ser responsable.
Hoy, desde mi supuesta madurez, no puedo hacer más que
envidiar y admirar profundamente a los
aventureros. Admiro, respeto y siento un enorme cariño por Chris McCandless, un
gran aventurero y un ejemplo para aquellos que pensamos que el gran pecado no
es morir persiguiendo un sueño es vivir sin tan ni siquiera haber intentado
cumplirlos, o directamente abandonándolos.
Los fríos y yermos
parajes de Alaska, la posibilidad de sufrir un accidente en una playa en un
país remoto con una red sanitaria deficitaria puede provocarnos la muerte
física, pero a menudo se nos olvida que existe otra forma de morir, mucho más
silenciosa, pero más letal; y es la que ejerce la asfixiante rutina, con sus
cargas y responsabilidades nada gratificantes, en nuestras almas. De esa Chris
McCandless salió indemne.
domingo, 24 de junio de 2018
El intangible 'Hall de la fama' de las leyendas surferas
Manel Fiochi es uno de esos personajes que a un periodista
(escrito) o historiador le genera emociones encontradas. Por un lado, su
condición de surfista en la década de los sesenta, de viajero accidental a
Francia, cuando allí gracias a los australianos se fijaban las bases del surf
moderno en el Viejo Continente, de introductor de la primera tabla corta y de
un surfing más dinámico y fluido y con nuevas maniobras en Cantabria y por extensión en España, de codescubridor de Santa
Marina…, hace que te frotes las manos
con la entrevista que puedes sacar; pero por otro lado, también te topas con la
otra realidad de Manel; su poca
previsión, o nulo interés, a la hora de conservar archivos, fotografías o
recuerdos de aquella época. Todo esto, en un mundo donde le damos a la imagen
un poder tan predominante, yo incluso diría que, con la llegada de Internet,
excesivo, provoca que tu trabajo quede de alguna forma asimétrico e incompleto
y, por qué no decirlo, que te cueste una barbaridad colocarlo en unas revistas
o medios que muchas veces se preocupan más de que la historia tenga un
abundante material gráfico, que de la calidad informativa o literaria de la
misma.
Todo esto me ha hecho
reflexionar en profundidad sobre los mecanismos que funcionan a la hora de
escribir la historia y si estos son justos. Como no soy historiador no sé si
estos parámetros funcionarán en
cualquier acontecimiento histórico al que te aproximes; pero sí que me
he percatado que en la historia del surfing sí que han funcionado y en exceso.
Muchas veces me ha dado la sensación de que muchos surfistas han sido obviados,
olvidados, silenciados simplemente por el hecho de no haberse dedicado a
registrar sus jornadas de surf, sus baños, por no haber atesorado material o
cualquier documento gráfico de la época. Por haber tirado sus viejas tablas o
trajes de neopreno. Estaban más centrados en coger olas, en avanzar y en descubrir
en un deporte emergente del que poco o nada se sabía, que de hacerse fotos y
archivarlas. Hay gente que es así, que cuando viaja o es la primera comunión de
su hijo, la boda de la hermana, está más centrada en disfrutar, en estar con
los cinco sentidos puestos en lo que tiene delante. Otros, en cambio,
poseedores de un instinto coleccionista, registrador y notarial han supuesto
una auténtica mina para los periodistas e historiadores y además han tenido un
papel fundamental a la hora de escribir la historia, pues se ha dejado en sus
manos, su cabeza y en su material la enorme responsabilidad de escribir o
reescribir la historia.
Supongo que me dirán
que la historia es una ciencia y que aplica un método que no deja lugar al
sentimentalismo ni a las emociones, pues es objetivo e imparcial; pero también
es cierto que cuando nos acercamos a un objeto de estudio no podemos pasar por
alto las propias características particulares del mismo y parece que es aquí
donde se nos olvida la propia naturaleza del surfing y más en sus
orígenes. Su carácter a menudo
individualista y solitario... Y si me apuras, hasta maldito. Podemos pensar que el surf siempre ha sido un
deporte mayoritario y masivo, pero muchas de las gestas que ahora son objeto de
estudio se realizaron en soledad, sin más testigo que los arenales, las
gaviotas y las rocas. Con estas premisas, ¿qué posibilidad tiene un surfista solitario y rebelde de
demostrar que fue el primero en meterse en tal o cual pico? Pocas, por no decir que ninguna.
Esto que pasa con Manel
supongo que pasa con muchos otros surfistas a los que no conozco personalmente.
Cada evento, cada homenaje, cada libro satisface a muchos protagonistas,
familiares y amigos, que se ven reconocidos; pero también enfada, llena de
rabia y de tristeza a muchos otros, que ven que son obviados, olvidados o cuya
presencia no tiene el peso específico que creen que se merecen. Comprendo a los
autores y comprendo a los indignados, pero para mí el surfing no es como otro
deporte ni como cualquier otro hecho histórico, y los surfistas pioneros no son
personajes históricos, como lo pueden ser Winston Churchill, JFK, Nelson
Mandela o Hitler; para mí son leyendas, mitos, y como tal los considero y los
trato.
Hay algo más poderoso
y fuerte que la piedra o el bronce de los monumentos, de las placas, que los
libros y los periódicos que se acumulan durante lustros en estantes y
bibliotecas; algo que dura mucho más tiempo; este algo es el boca a boca, la
transmisión oral de historias que se hace entre surfistas a través de los
tiempos y de las generaciones. Las anécdotas que se cuentan en los
aparcamientos de la playa, en la orilla o en el pico. Cuando alguien consigue
esto ha llegado a una categoría o a un nivel que poco o nada importa que salgas
o no en un libro. Un surfista de leyenda debe estar en la playa, en el recuerdo y en la
memoria de los surfistas que tomaron su relevo y que hoy como ayer se la juegan
deslizándose por las rompientes que descubrieron.
Uno de estos
recuerdos, una de estas transmisiones orales la compartió conmigo el pintor
español afincado en California, Antonio Gómez Bueno. En el chiringuito de Los
Locos, el artista recordaba el surfing de Manel Fiochi para una entrevista que
realicé para 3sesenta; un artículo que estuvo a punto de no ver la luz por qué
no disponíamos de suficiente material gráfico, pero que finalmente pudo salir.
“A mediados de los 70, el surfing que veíamos
en Los Locos era un poco rígido la mayoría de las veces; había gente que cogía
las olas, pero iban donde les llevaba la tabla… También te tienes que imaginar
qué tablas eran aquellas, y sin invento y aquellos trajes... Todo influye… Y
que no había videos y a la gente se le tenían que ocurrir las cosas. Ahora
aprenden viendo, desde el primer día ya sabes lo que hay que hacer... Recuerdo
perfectamente que de todos los surfers que pasaban por Los Locos Manel Fiochi
era de los más destacados, como si hubiera llegado de otro planeta […]. Manel
era puro estilo, siempre bien colocado en la ola, sacando el máximo partido a
lo que la ola ofrecía. Manel siempre leía bien las olas, no hacía un giro de
más, pero cuando hacía uno, lo clavaba, además siempre iba a toda pastilla. Muy
elegante y poderoso a la vez. Iba muy bien a contramano, que era una rareza.
Una ola típica podría ser un late drop, bottom turn brutal, colocado en la
pared, poner las manos en la espalda y esperar a que el labio le tapase, salir
del tubo hacer un cut back y salirse de la ola... Una especie de Gerry López
cántabro, con influencias de un Rob Machado (que aún no había nacido...) Al
verle surfear te dabas cuenta que estaba conectado con el cosmos, que sabía
cuál era su lugar en la inmensidad del universo, que sentía cuando Orión
entraba en Sagitario, que surfeaba para
recargar su energía cósmica”.
Cuando pienso en
Manel Fiochi y hablo a la gente de él siempre me acuerdo de esta frase. Una
frase que será muy difícil que tenga cabida en un libro de historia, pues no
poseemos vídeos, o documentos historiográficos que la sustenten, pero es la que
le contaré a mi hijo y la que espero que mi hijo le cuente a sus amigos…http://surfordieoflaughter.blogspot.com/2013/11/manel-fiochi-los-locales-les-diria-que.HTML
http://surfordieoflaughter.blogspot.com/2013/12/entrevista-manel-fiochi-parte-ii.html
sábado, 12 de mayo de 2018
Dar la espalda a nuestra ola
¿Qué es la
felicidad? ¿Quién no se ha hecho alguna vez esta pregunta? Por desgracia, no
tengo la respuesta a la primera pregunta, pero creo conocer las claves de lo
que nos puede acercar o alejar de ella.
Nuestros
sueños y nuestras metas pueden ser los caminos más directos para acercarnos a
la felicidad. Al igual que tomar decisiones y acciones en nuestras vidas
contrarias a la consecución de nuestros sueños puede alejarnos
irremediablemente de ella. Resulta por tanto imprescindible que intentemos ser
lo más consecuentes posible entre lo que deseamos hacer y lo que finalmente
hacemos, pues muchas veces nuestras acciones y decisiones por increíble que nos
parezca no guardan relación o sintonía con nuestros deseos. Hacemos cosas que
realmente no queremos por obligación, por responsabilidad, al igual que no
hacemos otras que queremos por miedo, por complejo… Y lo peor de todo esto es
que, en mitad de este macabro mecanismo, ni nosotros mismos muchas veces
sabemos discernir que sueños son genuinamente nuestros y cuales son asimilados
o inculdados. Nos podemos autoengañar una y mil veces presentando ante nuestros
ojos sueños o metas ajenos como propios, pero lo que jamás podremos conseguir
es que un sueño ajeno nos proporcione la felicidad o dicha que nos genera un
sueño genuinamente nuestro al haberlo perseguido y finalmente conseguido. Es
más, la consecución de una meta o sueño no propio, lejos de alegrarnos, por lo
general, nos suele dejar siempre con un sentimiento de culpa, con una sensación
de anormalidad, de cierta disfuncionalidad o de bicho raro. Esto lo vemos bien
en un acto colectivo como una ceremonia de graduación o una meta de una
carrera, donde las muestras de efusividad y de alegría desmedida de la mayoría
de los participantes están a la orden del día y genera en el sujeto cuyo sueño
que está materializando no es propio este sentimiento de culpa, de disfuncional
o de psicópata. ¿Por qué los demás se alegran tanto y yo permanezco
indiferente? Es su pregunta más recurrente. ¿Estoy deprimido? ¿Estoy
incapacitado de por vida para la felicidad? Si lo analizamos, la respuesta es
bastante sencilla…
La
satisfacción que nos genera la consecución de una meta no va en función de su
dimensión o grandeza, sino de lo implicado que estemos en ella o lo mucho o
poco que la sintamos como nuestra. Sólo así se explica cómo a veces gestas
aparentemente grandiosas como acabar una carrera universitaria, conseguir un
trabajo, casarnos, comprar una casa no nos deparan mucha felicidad y en cambio
conseguir metas a priori más “modestas” como jugar una pachanga de fútbol con
los amigos y meter el gol de la victoria, concluir una modesta carrera popular
de 12 kilómetros o acabar un cuadro, un relato o una poesía nos proporciona una
dicha anormalmente elevada. La razón: la segunda meta es genuinamente nuestra,
no nos la ha inculcado la familia, la sociedad o nuestros grupos de amigos.
Hoy en día
es bastante común escuchar a la gente preguntarse ¿Por qué no soy feliz? Tengo
una mujer, unos hijos maravillosos, un buen trabajo, dos coches, una casa,
vacaciones… Acto seguido, la pregunta que
deberíamos hacerles es la siguiente: ¿Era esto realmente lo que querías para ti
o lo que soñabas durante tu adolescencia, o en algún momento optaste por estas
metas socialmente establecidas, abandonando por el camino algún sueño
genuinamente tuyo por irreal, irrealizable o estrambótico? Debemos saber que
nuestros sueños y su realización es lo único que nos puede hacer felices y que
cumplir sueños ajenos jamás nos hará felices. Esto es tan cierto como que
primero hay que haber intentado cumplir un sueño en la realidad para
considerarlo irrealizable.
Es
importante tener sueños, casi tanto como intentar llevarlos a cabo. Uno de mis
pequeños sueños durante mi juventud consistía en coger una ola que un día
descubrí accidentalmente. Tenía el traje de neopreno arreglando, en algún
taller de Francia, paseaba por un idílico parque y delante de mí, donde
popularmente se consideraba que jamás había olas, apareció, como por arte de
magia, la izquierda tubera más majestuosa que había visto en mi vida, nada más
verla y tras frotarme los ojos, mi emocionada mente se acordó automáticamente
de Mundaka, pero en pequeño. Esta ola rompía en una playa no transitada por
surfistas, no funcionaba muy
habitualmente, necesitaba unas condiciones de mar muy concretas (un mar de
fondo bastante generoso, un punto de marea muy concreto y un viento off shore
bastante particular dada la orientación de la playa) y rompía sobre rocas y
frente a un espigón. Desde aquel día, cada vez que el pronóstico marítimo
anunciaba que entraba bastante mar iba a aquella playa con la esperanza de
encontrar la ola. Unas veces, me encontraba la marea muy alta, y la ola se iba
dibujando muy lentamente, pero no rompía hasta chocar contra el espigón; otras,
la marea estaba demasiado baja y las rocas emergían y resultaba imposible
surfear, pues te golpeabas con ellas. En otras ocasiones, era el viento el que
rompía las series haciendo impracticable el pico. Pero al menos en cinco o seis ocasiones fui y la ola sí permitía ser
surfeada. Entonces, dentro de mí comenzaban a operar invariablemente
pensamientos que me alejaban de mi sueño; desconocía el camino por el que debía
llegar al pico, percibía mil y un peligros, rocas contra las que me podía
golpear, la posibilidad de romper la tabla contra alguna de ellas, la probabilidad
de hacer el ridículo ante los paseantes que en ese momento caminasen por la
playa, el miedo a fracasar en mi empresa antes siquiera de haber empezado … Al
final, lo más doloroso de todo es que estos pensamientos se alzaban victoriosos
e invariablemente me encontraba en la dura tesitura de tener mi sueño
delante de mí y tener que darme la
vuelta. Darle la espalda y alejarme sin haber intentado siquiera realizarlo. Como
digo seis veces me encontré la ola, y seis veces me marché a casa, o me metí en
la playa de al lado, a la que iba siempre,
sin haber intentado coger la ola de mis sueños. Con el tiempo, cada vez que
había temporal, dejé de acercarme a esa playa para ver si rompía mi ola.
Abandoné mi sueño. Si bien, la sensación de frustración me ha acompañado
fielmente hasta hoy en día que me he dado cuenta que hubiese sido preferible
meterme en el agua y correr el riesgo de caerme, tener un wipe out, abrirme la
cabeza, cortarme con las rocas, romper la tabla, el traje de neopreno, escuchar
las risas de la gente, que darme la
media vuelta sin haberlo intentando y tener que convivir, después de tantos
años, con esa sensación de fracaso; y sí empleo la palabra fracaso; porque el
auténtico fracaso no radica en no conseguir una meta, en no haber cogido una
ola, sino en ni tan siquiera haberlo intentando, en considerar un sueño
imposible sin haberse siquiera puesto el traje de neopreno y haber intentado
llegar al pico.
Lo realmente duro no es haberle pedido salir a
una chica que nos gustaba en el instituto y que esta nos dijese que no, haber
suspendido las pruebas físicas del cuerpo de bomberos (aunque cueste creerlo, de
estos reveses se acaba saliendo y si me apuras, hasta más fortalecido), lo
realmente duro es haber seguido de largo por la vida sin ni tan siquiera
intentar hacer realidad nuestro sueño.
Enlaces relacionados:
http://surfordieoflaughter.blogspot.com.es/2018/04/el-psicoanalisis-de-las-olas.html
domingo, 22 de abril de 2018
Años Salvajes. Una biografía de un escritor surfista para todos los lectores
Cualquier momento es bueno para recomendar un libro,
un buen libro, pero ahora coincidiendo con el día del libro, aprovecho
doblemente para animar a la gente a que lea el libro de William Finnegan
titulado Años Salvajes. Biografía, premiada con el Pulitzer, que recoge las
aventuras y desventuras surferas en torno a las olas grandes vividas por el
autor por todo el mundo (California, Hawaii, Sudáfrica, Australia, Portugal, etc...).
Finnegan es un reputado periodista que ha cubierto
peligrosos conflictos internacionales como las guerras de Sudán o de los
Balcanes y colabora con medios tan prestigiosos
como el New Yorker. Además por lo que se desprende de Años Salvajes ha
sido un voraz lector de los grandes autores americanos del siglo XX, con los
que curiosamente también ha compartido
la profesión de periodismo (Hemingway, Norman Mailer). Todo esto se nota en Años Salvajes. Si el
reclamo de algunas autobiografías únicamente es la increíble vida de su autor,
que luego es incapaz de plasmar en palabras de una forma amena, interesante y
estética la misma, en Años Salvajes, no existe este problema. La vida de
Finnegan es de película, de libro, pero es que además su narrativa está a la
altura de los grandes hechos que narra. De alguna forma, leyéndolo se llega a
la conclusión que este libro lo hubiera podido escribir Truman Capote, si
Capote hubiese cogido olas. Descripciones de baños extremos, con series
monstruosas, olas colosales, cazadas, lavadoras, todo relatado de forma
precisa, sin exceso de adjetivos, sin maquillaje, sin rocambolescos ejercicios
estéticos, todo al servicio de la narración.
El libro está estructurado en diversas fases de la vida del
autor vinculadas a míticas zonas surferas del planeta. A mí particularmente las partes
que más me gustan son la primera, en la que narra su conflictiva adolescencia
en un instituto de Hawaii; cuyas peleas, después de clase, con los peligrosos
matones nativos me han recordado a mi admirada La senda del perdedor de Charles
Bukowski y los últimos capítulos (etapa en Nueva York) en los que relata, sin
medias tintas, el declive físico que experimentan los surfistas según van
cumpliendo años. He leído bastantes biografías de pros, pero nadie hasta ahora
ha explicado tan sinceramente lo que supone para un surfista irse haciendo
mayor, perder cualidades y asimilar que llega un momento en que tu agilidad y
equilibrio van a menos y ya no puedes coger las olas grandes y rápidas que
cogías antes. Esto encima cuando has sido un big wave rider que has empleado
guns tiene que ser demoledor. Me ha
gustado la reflexión de que todo surfista por muy bueno que haya sido acaba
convirtiéndose en un novato en el agua. Al final, se desprende que la vida tiene
una estructura circular, empiezas y acabas usando un long board o una tabla con
mucho volumen, si es que quieres seguir al pie del cañón, del pico, y no abandonarlo.
Por último, decir que Años Salvajes no es un libro de surf,
entendiendo esto como un libro que sólo deban o vayan a comprender surfistas.
Al igual que El Gran Miércoles tampoco es una película exclusiva de surf para surfistas.
Años Salvajes, al igual que El gran Miércoles, es un libro que habla de la vida
y de las decisiones que debemos tomar. De cómo muy pocas personas priorizan
su gran pasión por encima de lo que la
sociedad, nuestros padres o nuestro entorno considera que debemos hacer. Ir a
la universidad, comprar una casa, formar una familia, tener un trabajo relacionado con estos estudios. Al igual que hay una gran
mayoría que cedemos a la presión del entorno y acabamos abandonando nuestra pasión, o la marginamos a nuestros periodos de tiempo libre, o la
degradamos a la condición de hobby, por cumplir con nuestras obligaciones.
Este es un libro que recuerda a Hacia Rutas
Salvajes, de ahí que desde mi punto de vista haya que intentar quitarle cuanto antes esa
etiqueta un tanto peyorativa y estigmática de libro de surf, que lo condena a
un círculo muy restringido. Años Salvajes es un libro que habla de la libertad,
de las grandes y arriesgadas apuestas
que hay que tomar en la vida, sobre todo cuando eres joven, de si debes
de tomar el camino convencional y seguro o el alternativo cuyo destino es más
incierto. Por todo esto, Años Salvajes es un libro sobre la vida que podemos
leer todos, surfistas y no surfistas, pues todos nos vemos empujados a tomar decisiones, elegir entre lo
que debemos hacer o queremos hacer, ya sea surfing, cocinar, escribir o hacer
danza clásica.
Título: Años Salvajes
Autor: William Finnegan
Traducción: Eduardo Jordá
Editorial: Libros del Asteroide
Páginas: 593
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