domingo, 2 de diciembre de 2018

Me sigue faltando algo Bueno

Tengo profundas lagunas culturales, más bien lagos Titicaca o Victoria,  y no conocí de la existencia del pintor Antonio Gómez Bueno hasta agosto de 2009 (espero que si lee esto, me perdone); concretamente cuando Florian Carlo organizó una fiesta de presentación de una exposición suya en su tristemente desaparecida The Flying Longboarders.
Portada de mi segundo libro, realizada por G.B.
  Por aquel tiempo acababa de sacar mi primer libro, Surf or die… of laughter, estaba escribiendo otro y viendo su obra, su estilo colorido y desenfadado, su sentido del humor ácido y su inspiración en el universo de las olas… se me encendió una especie de lucecita y se me ocurrió que era perfecto para hacer la portada. Sin conocerle en absoluto, lo googleé y encontré su página personal. Le escribí, le conté mi problemática y ¿adivinan? ¡Gualá! Me contestó y encima desde China. Y digo esto, porque algo que parece de lo más normal, que le escribas a alguien, le cuentes una cosa y te responda no es ni mucho menos  moneda de cambio habitual hoy en día. Se lo aseguro. Mucho menos cuando eres un desconocido, estás empezando en algo y al que escribes es alguien que profesionalmente tiene un prestigio, una carrera y un reconocimiento.  Poco a poco, fui indagando en su persona, en su obra y fui consciente de mi atrevimiento, de mi inconsciencia y de la dimensión artística del creador al que había escrito. Me entró cierto vértigo, que se acabó convirtiendo en ataques de ansiedad y taquicardias, cuando posteriormente y sin hablar en ningún momento de dinero, acertó mi encargo e incluso me pidió, en un alarde de profesionalidad, que le mandase algún capítulo del libro para inspirarse.  Supongo que nadie o muy pocos de los que lean esto hayan leído mis relatos, pero el hecho de que un escritor aficionado que se autopublica ediciones con tiradas tan numerosas como la población de Urogallo en la cornisa cantábrica (y sospecho que algún ave se quedaría sin su ejemplar) llamara a las puertas  de Gómez Bueno para sugerirle que le hiciese la portada de su próximo libro  es algo así como que uno llame a Steven Spielberg o Martin Scorsese para hacer el reportaje de su boda o de su último baño con los colegas en El Sardinero.
Magistral portada de la cuarta entrega a cargo del genio cántabro
El caso es que pese a estar afincado en California, tener expuestas obras permanentes en algunos de los museos más importantes de Los Ángeles, acudir anualmente a algunas de las exposiciones de arte más importantes del planeta (Arco entre otras), firmar los carteles del Festival internacional de Salinas durante tres años, de un concierto para Metallica….  Finalmente Gómez Bueno realizó las portadas de mi segundo y mi cuarto libro. Y no he tenido que vender ninguno de mis riñones ni estoy pagando ningún crédito de Cofidis. Pudo hacer la del tercero, pero tras ver el tiempo y el esfuerzo que había invertido en la del segundo, tiempo que había sacado entre numerosos proyectos, decidí no solicitárselo y posteriormente fui reprendido por ello, porque le habría encantado colaborar en Surf or die of laughter 3 (La última y me salgo).
¿Por qué estoy contando todo esto? En los últimos tiempos, veo que muchos de los pueblos de Cantabria que han confiado en el surfing para vertebrar y dotar de contenido a su oferta turística están realizando paralelamente una serie de actuaciones artísticas para que sus calles tengan una atmósfera más surfera. Muralistas, grafiteros, artistas especialistas en arte urbano… Todos están llenando los puntos neurálgicos del surf en Cantabria (Suances, Somo, Santander) de colores y formas. Me enteró de proyectos a través de las páginas de los periódicos, o simplemente voy a coger olas y me encuentro cada vez más murales en paredes, edificios o en rincones cercanos a la playa. Los leo y los veo y aunque no me desilusionan siempre veo con cierta tristeza que nunca encargan uno de estos murales a Gómez Bueno, o que nunca organizan una exposición o ahora que está tan de moda, le dotan de una estrella al genial pintor.  Me parece injusto por muchos motivos, en primer lugar  por la dimensión artística del personaje, pero también porque  Gómez Bueno es uno de los nuestros, es un surfista y es cántabro. Y tener un montón de murales con motivos surferos y carecer de la obra del artista cántabro surfista más internacional es como si en el MAS o en cualquier museo de arte cántabro que se precie  faltasen Solana, Riancho, Blanchard , Gran, Quirós o los hermanos Calderón… Especialmente sangrante me parece la ausencia de un mural suyo en Suances, localidad de la que es originario, local mitíquisimo de Los Locos, y a la que acude puntual todos los veranos.
Actuación urbana de Gómez Bueno en un colegio de Los Ángeles.
El único motivo que siempre se me ocurre para explicar esta terrible laguna, casi tanto como las mías culturales, es que como vive en California los todopoderosos comisarios, concejales o los encargados de seleccionar a los autores con criterios imparciales y escrupulosamente ceñidos a méritos creativos   lo deben de ver como un artista inalcanzable. Entonces recuerdo mi propia historia con mi portada y sé que esto no es cierto, y que tal vez la próxima vez que organicen una edición de arte callejero podrían escribirle (yo les doy el correo) para proponerle algún proyecto en su tierra. Mientras tanto, cada vez que vaya a la playa y mire a las paredes, a los edificios... seguiré pensando lo mismo: me sigue faltando algo Bueno en Cantabria.

jueves, 8 de noviembre de 2018

Siempre nos quedará el Gran Miércoles


 
  No sé si será que uno ya va cumpliendo unos años, pero cada vez que me acercó a la playa, me bajó del coche  y veo el panorama del parking, me entran ganas de volverme a subir, y sin sacar la tabla de la funda ni ponerme el traje, arrancar el motor y volverme para casa. En última instancia, consigo controlarme y me resignó, haciendo míos los célebres versos de Jorge Manrique de “cualquier tiempo pasado fue mejor”. Bueno, para ser sinceros, por el panorama playero y porque hace tiempo que comprendí que nunca más volvería a surfear como en el verano de 2004. Ni de lejos. Menos mal que cuando me pasa todo esto, voy a casa, me pongo El Gran Miércoles y me reconcilió con el presente y afrontó con una mayor dosis de optimismo y de indulgencia el futuro.
 Tampoco la célebre obra de John Milius ha escapado de esta fiebre de la superficialidad, la frivolidad y el postureo, y hay quien, en su delirio histriónico, y su culto al personaje por encima de la personalidad ha creído ver en el Gran Miércoles exclusivamente una especie de tabla de los mandamientos o manual de estilo de estética playera, de coches de época, de guateques surferos, de hit parade de música, de bañadores y camisetas vintage, de tablonismo y de maniobras barroco/manieristas, de peinados... ¡Allá ellos!
 A todos estos cools, hipsters , old schoolers, esnobs o revivals les digo que El Gran Miércoles es un decálogo sí, pero no de estética surfera, sino un manantial interminable en el que saciarse de ética y esencia surferas, una vacuna ante la superficialidad y un antídoto frente a la ola de vulgarización y frivolidad que nos azota; porque precisamente si de algo nos alertaba el Gran Miércoles era de los peligros de la popularización y de la democratización del surf, porque en sí misma la popularidad de un deporte no es mala, pero lo es cuando lleva consigo la pérdida de sus raíces, de sus señas de identidad, de cierta amnesia de su ser; porque cuando la gente que ve una película o practica un deporte sólo se queda con la ropa, el peinado y la estética de estos, deben saltar todas las alarmas. Porque cuando un deporte cuya marca primigenia era el individualismo (“De todas formas siempre estás solo. Esa es la prueba del surfer, hacerlo solo, acostumbrarse a no depender de nadie.") acaba convertido en una actividad exhibicionista que carece de todo sentido cuando no hay público  o no se puede hacer partícipe a los demás de nuestra condición de surfer con todo tipo de distintivos inimaginables, pegatinas, tatuajes, logos, gorras, gafas de sol… es para preguntarnos hacia dónde vamos o en qué momento del camino  nos torcimos de la senda…
  A todos los que juran amor eterno al surf, que hablan de su plano existencial, de su condición casi de religión, de estilo de vida y que se ofenden y se violentan cuando alguien comete la desfachatez de llamarlo “deporte”, que van de buscadores incansables, de boquilla, siempre de boquilla, de la tormenta cincuentenaria les preguntaría cuántos de ellos estarían dispuestos a sacrificar sus carreras, sus trabajos o las comodidades de sus vidas de pequeños Bobos (Bohemios-burgueses) por ser limpiadores de piscinas en muchos de los chalets o urbanizaciones que hay al lado de sus veneradas y frecuentadas en vacaciones, puentes y demás fiestas de guardar playas; tal y como hizo Matt Johnson. Eso es una declaración de intenciones y un compromiso hacia el deporte que amas. El resto, juegos de artificio, y como hoy en día a ellos mismos les gusta decir tanto, simple “postureo”.
  Gracias a John, a John Milius, siempre nos quedará El Gran Miércoles. ¡Feliz cuarenta aniversario!
 
 
 
 
   Píldoras contra la frivolidad:
-¿Has hecho mucho surf Matt? No... Solo cuando era necesario.
-Los amigos son para cuando no tienes razón. Cuando la tienes, no necesitas nada.
-¡Carai, eso no es un deporte, es una epidemia!
-Nadie surfea siempre .
 -Yo no soy surfer, sólo soy una basura.
-De todas formas siempre estás solo. Esa es la prueba del surfer, hacerlo solo, acostumbrarse a no depender de nadie.

sábado, 20 de octubre de 2018

Hondar 2050, la batalla por un mar libre de plásticos ha comenzado

Muy pocos colectivos como el formado por los surfistas es tan plenamente consciente de fenómenos como el cambio climático o la degradación del medio ambiente. No hay más que irse a la playa a coger unas olas y percatarse de que la subida del nivel del mar por efecto del calentamiento global o la contaminación del fondo marino por parte de los plásticos y otros residuos de origen humano es una realidad, y no únicamente, como sostienen ciertos lobbies interesadamente, una leyenda urbana o una invención de los ecologistas para asustar a la población.
Tal vez por este mismo motivo, los surfistas hayan creado organizaciones como la Surfrider foundation o hagan documentales como Hondar 2050, con el que intentar transmitir y al mismo tiempo tratar de minimizar en la medida de lo posible las grandes amenazas que se ciernen sobre los océanos.
 Hondar 2050 es un producción audiovisual creada por el realizador italiano afincado en Euskadi, Cesare Maglioni (1977, Forli, Italia). Una radiografía fidedigna y sin edulcoraciones de la problemática de la basura marina en las costas vascas, pero que es extensible a cualquier punto bañado por el mar de nuestro país y del planeta.
 
 
La entrevista con Cesare Maglioni se puede leer en stafmagazine
 

domingo, 14 de octubre de 2018

La surfería de Suances. Alejo Solar en estado puro



  En un país de tabernas irlandesas donde tras la última e irrechazable oferta del agresivo comercial de bebidas de la zona, consistente en diez mesas, cuarenta sillas y ocho sombrillas para la terraza, no queda de irlandés ni las cervezas del cañero, se agradece un establecimiento a pie de playa como el que ha montado el surfer Alejo Solar en Suances.
 La Surfería no es el enésimo bar que aprovechando la imparable moda del surf que sufren nuestras costas ha decidido subirse a la ola, intentando hacer el agosto a costa de vender cervezas, cafés o raciones de rabas a los surfistas sustituyendo donde antaño estaba el póster del Madrid de la décima o el reloj del Barcelona o de puritos Reig por un cartel del Gran Miércoles o de The Endless Summer. La Surfería es un bar de surfistas para surfistas. Un local con atmósfera y ambiente surferos donde reponer fuerzas comentando con los amigos el último baño o tomarse un gin-tonic una tarde sin olas sin el runrún de fondo de las invocaciones a la madre del colegiado del partido del Canal Liga.

 
 
  En teoría, las tiendas, los bares que frecuentamos reflejan la personalidad de sus propietarios; pero la realidad nos dice otra cosa. Merced a las franquicias, una tienda es igual aquí que en Helsinki. Otras veces, los dueños dejan el aspecto de sus locales en manos de un diseñador de interiores o de un prestigioso estudio que cobran un pastón por unos conceptos y proyectos incomprensibles para el común de los mortales. El  Marketing también ha hecho mucho daño con sus análisis de mercado y sus estudios de promoción en punto de venta. Por fortuna, todavía quedan románticos que optan por darles a sus negocios un toque personal, que les gusta imprimirles su sello o dejar su huella de identidad. Por eso, cuando me enteré que Alejo Solar (Torrelavega, 1973) dejaba su tienda de surf, en la ciudad, después de 20 años, para instalarse en Suances (Cantabria), a pie de playa, tenía ganas de ver su nuevo negocio.  Bajo el nombre de La Surfería, Alejo reúne, bajo el mismo techo, lo que ha estado haciendo toda su vida,  impartir clases de stand up paddle y surf y dirigir una boutique surfera, y le suma ahora bar, restaurante y próximamente hotel. Además organiza conciertos, exposiciones, recitales poéticos…  Un garito con alma y ambiente surferos que es la fiel expresión de su propietario.

-¿Cómo definirías este nuevo proyecto que has emprendido: La Surfería?

-Tal y como reza uno de los eslóganes que  le hemos puesto: “La Surfería es mucho”, porque va a englobar muchas cosas. La idea es que La Surfería  no sea un bar, que no sea una tienda, que no sea una escuela. Que sea todo a la vez; que el que venga aquí tenga la sensación que puede hacer todo… Que pueda darse un baño con nosotros, tomarse una cerveza, dormir en nuestras habitaciones. La idea es ésa, que lo sea todo.
 Para seguir leyendo la entrevista visita:
 
 
 
 

miércoles, 10 de octubre de 2018

Surf or die... of laughter IV, la saga se amplia

Sale a la luz Surf or die... of Laughter IV, Jon Satrústegui lives después de más de seis años de trabajo. Una vez leí a alguien decir que había escrito un determinado libro ante la insistencia de la gente, que prácticamente se lo había suplicado de rodillas (sin comentarios). Si yo me hubiese guiado por esto, jamás hubiese escrito un libro de relatos de surf, no digamos ya un segundo, un tercero y ahora un cuarto. Cuando cerré en falso la saga, subtitulando la tercera entrega como "La última y me salgo", precisamente me dejé guiar por factores externos, desoyendo una voz interior que me aseguraba que el trío de peligrosos surfistas locales formado por Jon Satrústegui, El Oso y Armando Leza aún tenía mucho recorrido y vida por delante. ¿Por qué habría de privarles de vivir las más estrafalarias aventuras cuando dentro de mí no hacían más que ocurrírseme situaciones disparatadas y sentía que no había llegado el final todavía? Triste es la vida del artista que somete su actividad creativa a las demandas externas y más triste es la de aquel que se inhibe a la hora de crear algo porque desde fuera no se lo piden. Además, en un país donde se estila tanto la subvención (el dinero público no es de nadie), ¿no es precisamente esa una de las pocas ventajas que tiene la autopublicación? ¿Que te puedes permitir el 'lujo' de sacar un libro, a sabiendas de que los estudios de mercado te lo desaconsejan, porque eres tú el que pones y el que decides palmar la pasta?
 
 
El escribir estos libros ha tenido una finalidad que no era la inicialmente esperada. Mis libros no han tenido un fin cuantitativo, ni me han servido para conocer a mucha gente ni para tener muchos lectores, pero por contra han sido un pasaporte inmejorable para entablar amistad con un puñado de auténticos personajes que sin la excusa del libro jamás hubiese conocido. En esta cuarta entrega, desde la portada hasta las reseñas que he puesto en las solapas, trató de devolverles mi gratitud... Aunque creo que el favor una vez más me lo vuelven a hacer ellos. Desde a Mario San Miguel que en un momento de horas bajas me mandó un inesperado SMS diciendo que se estaba partiendo con mis libros y que aquello era "auténtico torrentismo ilustrado", hasta David García, 'Capi', pionero de las escuelas de surf en España, y al que recuerdo llevé el primer libro para vender en su Escuela Cántabra de Surf a regañadientes, pues pensaba que al leer algunos de los relatos en los que parodiaba las escuelas, poco menos que me lincharía. Luego, se ha convertido en uno de mis mayores valedores y tanto él como su hermano Nacho me han echado siempre una mano en todo lo que han podido. Luego, está el caso del pintor Gómez Bueno, al que no conocía absolutamente de nada, y desde la lejana California y desde el primer momento accedió a hacerme la portada del segundo, luego del cuarto, y que me ha dado todo tipo de contactos, consejos y que incluso me sugirió para formar parte en una exposición que sobre la cultura del surf en España se organizó en el Museo Marítimo de Asturias. Pero por encima de todas estas cosas, de todos ellos me llevo una de las más valiosas lecciones de vida, que entre personas hay que echarse una mano, independientemente de que los conozcas o no; con más motivo si cabe si es un desconocido.
 
  Pero no desviemos la atención, Surf or die... of Laughter IV constituye una entrega más de las disparatas historias del surfista local Jon Satrústegui, o como versa su sinopsis:

 "Cuarta entrega de la saga de relatos de humor surfrealista más original y desternillante de la historia de la Literatura Universal. Jon Satrústegui regresa de entre los muertos para intentar frenar una vez más, junto a sus amigos, El Oso y Armando Leza, lo imparable: La alarmante popularidad que el surfing está alcanzando en el siglo XXI. Frente a ideas tan extendidas como que “el surf es un deporte para toda la familia”, “mi playa es tu playa”, “si quieres aprender a surfear, yo te enseño”, el trío de peligrosos locales pone un poco de cordura, recordando algo tan básico como que cuanta más gente haya en el agua, menos olas tocarán por cabeza. Auténticos exponentes del maltusianismo y del nacional localismo playero más despreciable que dejan a Donald Trump y su muro a la altura de un altruista cooperante de Médicos Sin Fronteras o la Cruz Roja".
 
 419 páginas de acción ininterrumpida a lo largo de los siguientes relatos: No sin mi perro; Rebelión en la playa; Desátame; Satrústegui, acorralado; Satrústegui, el de los quince; Fortunata y La Jenny; Cincuenta sol y sombras de El Oso; A propósito de El Oso; Surfaris Santillana; Memorias de Sudáfrica, Soy leyenda; Los puentes de Ashley Madison, etc... 
 
 
“Surrealista Torrentismo ilustrado. Genial y original manera de unir el surfing con la literatura de un modo más real e irónico. Esta saga es algo particular y único. Una caricatura bien real que sabe reírse de sí misma”.  Mario San Miguel, Artista y surfista

“Jon Satrústegui es parte de nuestra familia ya. La saga debería llamarse Surf o muérete de la risa, porque me he muerto de risa leyendo estos libros, con muchas situaciones que realmente sé que pasan”.  David ‘Capi’ García, Director de la Escuela Cántabra de Surf

“Estos relatos son las filosofías surfísticas reales, y contadas de una forma amena y divertida. ¡Historias del surfing a nivel nacional que pasan las fronteras internacionales! No hay ninguno igual que otro. Disfrútalos porque son únicos”. Manel Fiochi, Leyenda del surf e introductor del surfing moderno y la tabla corta en España

“Creo que el motivo por el que Jon Satrústegui se convierte en un personaje entrañable a medida que vas leyendo las páginas de la saga “Surf or Die…” es porque todos nos vemos reflejados en él. Por muy disparatadas que sean las situaciones en las que se ve envuelto, los que llevamos el veneno de las olas dentro, de alguna manera sabemos que bajo determinadas circunstancias, en unas coordenadas espacio temporales favorables, Jon Satrústegui somos nosotros mismos con otro nombre”. Gómez Bueno (Pintor, escultor, surfer y autor de la portada). California 2017

“La saga ‘Surf or Die... of Laughter’ es una desternillante mixtura de surf y cultura popular de los 80 y los 90. Aunque no hayas oído hablar en tu vida de cómo hacer un tubo y piensas que la ola de izquierdas tiene algo que ver con la socialdemocracia, las novelas de Eduardo Illarregui te arrancan una carcajada continua gracias a su ritmo desenfrenado y sus tramas surrealistas”. Jorge Garma, periodista 

“Surf or die... of laughter es probablemente el enfoque que necesitaba el surf español. Una vez superado el enfoque trascendentalista y de engorile que todos pasamos al empezar a coger olas, aprendemos a reírnos un poco de nosotros mismos, y eso nos hace disfrutar aún más de este deporte. Surf or die es lo mismo. Relatos cortos de surf donde se cuentan una serie de verdades como puños sobre la vida del surfista medio de este bendito país”.   Fine  (Costasurf.com)