martes, 17 de julio de 2018

Mario San Miguel y la FFF, personal trainer y programa de ejercicios para tu ser interior

 
No soy nada partidario de los mal denominados libros de autoayuda o crecimiento personal,  género que en los últimos años ha experimentado un considerable aumento y que salvo a la editorial y al autor dudo mucho que ayuden a nadie más; y sí reconozco que me he leído Quién se ha llevado mi queso y El caballero de la armadura oxidada. Pese a todo, decidí leer La Fabulosa Fórmula de la Felicidad de Mario San Miguel.
  Por el título, podríamos pensar que la FFF es un título más dentro de esta cada vez más amplia colección de los libros de autoayuda; y su autor, Mario San Miguel,  un coach o gurú más que intenta llevarse su parte de ese jugoso pastel que las editoriales han descubierto en los lectores occidentales ávidos de enseñanzas vitales. Nada más lejos de la realidad.
 A lo largo de toda mi vida, cada vez que veía y escuchaba a alguien como Mario San Miguel, alguien que reivindica abiertamente la felicidad, el carácter feliz de la vida, el valor terapéutico del amor, de la risa y de los abrazos, el poco valor de lo material… Aparte de pensar que se había fumado algo o de pequeño se había pasado con su exposición a dibujos como Heidi, Marco, Los Osos Amorosos o la Aldea del Arce, invariablemente siempre decía lo mismo: “Este tío no tiene problemas, tiene la vida solucionada, no tiene una jefa ni que pagar hipotecas, ni una suegra…” Y ése ha sido mi error todos estos años, error que he descubierto leyendo la FFF y teniendo la gran suerte de conocer a Mario San Miguel. Esta gente no es feliz, porque no tenga problemas, pues claro que los tienen, y como todos (las novias les dejan, las tías que les gustan pasan de ellos, el motor del coche se les peta y les deja tirados en mitad de la autovía, los guardias civiles les multan por exceso de velocidad, les cuesta llegar a final de mes, pisan excrementos de perros tamaño XXL en los parques…) son felices por cómo afrontan estos y por cómo los viven e interiorizan. En primer lugar, desde un punto de vista terminológico no los llaman “problemas”, y donde el común de los mortales vemos uno, ellos ven una oportunidad de crecimiento, de avance y de desarrollo personales. Una prueba con la que salir reforzados y mejorados.
  Vivimos en una sociedad en la que tendemos a subordinar la felicidad a una cuestión meramente circunstancial. Con lo cual invariablemente siempre ponemos la posibilidad de ser o no felices fuera de nosotros y nunca en nuestras manos. El ejemplo más claro de esto es que nos toque la lotería. Depositamos nuestra felicidad y nuestros sueños en el azar puro, duro e indiscriminado y en los cálculos de probabilidades más remotas. La Fabulosa Fórmula de la Felicidad nos insiste que la felicidad no es tanto una cosa circunstancial como personal, y como es algo que está en nosotros, podemos trabajar a diario. Al igual que vamos al gimnasio, a la piscina y hacemos running para trabajar nuestro cuerpo y éste esté sano, la FFF nos da un montón de buenos consejos para que ejercitemos nuestro interior. Una buena tabla de ejercicios para poder estar bellos y sanos por dentro; en algo que a priori exteriormente no se ve como los bíceps o los torso tabletas, pero que tanto nosotros como los que nos rodean acaban sintiendo, viviendo y beneficiándose.
Título: La Fabulosa Fórmula de la Felicidad
Subtítulo: Fórmulas, Claves y Frases
Autor: Mario San Miguel Montes
Editorial: Editorial del Vacío
Número de páginas: 304
 

Noveno Festival Escuela Cántabra de Surf

    
 El festival Escuela Cántabra de Surf es uno de esos eventos deportivo-culturales (aúna campeonatos de surf y skate y festival de música) que no sólo ha conseguido afianzarse con los años, sino que edición a edición ha ido dimensionándose y también definiendo su filosofía. Si en un principio el evento únicamente incluía un campeonato de surf (perteneciente al circuito cántabro de surf) ahora se ha convertido también en una cita ineludible para los amantes de la buena Música Electrónica, Punk, Funky y Reggae. Eclecticismo en estado puro. Y todo, tal y como recuerdan sus organizadores, de forma completamente gratuita.
  Esta novena edición se celebrará, como siempre, en la localidad cántabra de Somo, a pie de playa; del viernes 31 de agosto al domingo 2 de septiembre. El apartado deportivo incluirá el Vigésimo Campeonato de la Escuela Cántabra de surf, una de las pruebas más consolidadas del panorama nacional y que nuevamente será valedero para los circuitos regional y nacional, con las categorías Open y Féminas de surf y donde participarán los mejores surfistas locales y nacionales del momento. Si las olas y el tiempo acompañan, el espectáculo estará garantizado.
   Los amantes del monopatín también tendrán su cita con el Octavo Campeonato de Skate y donde surfearán el asfalto muchos de los mejores skaters; cita ineludible para los amantes del skateboarding.
 
 
   Durante la noche del sábado 1 de septiembre, las olas y la rampa dejarán su sitio a la mesa de mezclas, al micro y a los instrumentos musicales; y es que, paralelamente, a la pruebas de surf y skate, en la plataforma del antiguo camping de Somo,  se desarrollará el Noveno FESTIVAL DE MÚSICA, que celebra el 28º  aniversario de la Escuela Cántabra de Surf.
 
  El festival comenzará con djs y distintos talleres, que darán paso a una buena dosis de buena música con grupos de la talla de Dre Gipson & Tha Black Joke Cannons, antiguo componente de una de las bandas más importante de la escena californiana, the Fish Bone, que deleitará con sus ritmos de Punk y Funky. Otra de las bandas que estarán en el Festival será The Capman, con su cantante Nacho Aldeguer, que sorprenderá con su original directo. Igualmente pisarán el escenario juntos  dos de las mejores voces del panorama reggae nacional, como son Roberto Sánchez (Lone Ark) y Benjammin. Habrá otros conciertos y sorpresas que aún no se pueden desvelar, así como grandes sesiones de djs como Ministro de Fomento, Ras Nachete, Chema Armengou (Gou Music) y Woody Iglesias.
 Una cita ineludible para los amantes de los deportes de deslizamiento y de la buena música, en un evento que cada año va cogiendo mayor madurez y consistencia, hasta convertirse en uno de los festivales playeros-veraniegos más importantes del norte de España.
 
 

viernes, 6 de julio de 2018

Hacia rutas Salvajes y Años Salvajes, o la enorme indignación con la que el hombre corriente recibe la vida de los grandes aventureros


  A raíz de la lectura del libro de William Finnegan Años Salvajes, me entraron ganas de leer otro libro cuyo protagonista se ve también dominado por sus ansias de aventura como Hacia Rutas Salvajes.  En la contraportada del libro de Finnegan, el crítico literario del The New York Times Magazine, Jay Caspian, dice textualmente que Años Salvajes “como Hacia rutas Salvajes de Krakauer, es una indagación empática de lo que ocurre cuando las ideas literarias sobre la libertad y la pureza calan en un joven y lo llevan a los lugares más recónditos del mundo”. De alguna forma, esta cita me puso definitivamente sobre la pista del libro de Krakauer, que hasta el momento solo conocía por la adaptación cinematográfica de Sean Penn, la cual nunca había visto completa, salvo fragmentos sueltos.
  
   Tal y como explica el periodista y aventurero Jon Krakauer en un primer momento Hacia Rutas Salvajes fue un reportaje periodístico que se publicó en la revista Outside. En él, Krakauer cuenta la historia del joven de 24 años Chris McCandless. McCandless, dominado por un espíritu romántico y libertario, se interna solo y sin apenas equipamiento en las duras tierras de Alaska con el sueño de poder vivir de lo que caza y recolecta en la naturaleza, dejando atrás la civilización y el dinero. Cuatro meses más tarde, unos cazadores encuentran su cuerpo sin vida. Esta es posiblemente la gran diferencia existente entre Finnegan de Años Salvajes y McCandless de Hacia Rutas Salvajes. Mientras uno consigue salir vivo de su aventura, se reinserta en la sociedad y se convierte en un prestigioso periodista de conflictos internacionales, incluso gana el Pulitzer, McCandless perece en su aventura y su sueño le cobra la más alta de las facturas: su vida.

  Otra de las cosas que me ha llamado poderosamente la atención es la gran hostilidad con la que la gente recibió la historia de McCandless. Lejos de admirar al protagonista por su gesta y su valentía (aguantó en soledad y alimentándose de lo que recolectaba y cazaba en el bosque la friolera de cuatro meses, en un entorno tan hostil como el de Alaska), Krakauer relata cómo tras la publicación del reportaje a la redacción de Outside no hacían más que llegar decenas de cartas criticando al difunto joven por su soberbia, inconsciencia, ignorancia, y por el gran dolor que su egoísmo y falta de empatía había causado en sus pobres padres… Entre otras cosas se acusa a McCandless de arrogante por sobrestimar sus conocimientos de supervivencia y al mismo tiempo subestimar a la propia naturaleza. Algunos lectores directamente le llaman estúpido por internarse en Alaska con una mochila con tan solo cinco kilos de arroz, una escopeta de pequeño calibre con la que no  podía abatir piezas de gran tamaño, sin ropa de invierno ni víveres suficientes. Hay quien se ensaña e incluso le llama tonto y  dice que McCandless podría seguir vivo tan sólo con haber leído un libro de supervivencia como los que les dan a los boy scouts en sus campamentos…
   Todas estas reacciones me han hecho reflexionar sobre el efecto que historias como la de McCandless y Finnegan causan en la gente corriente, entre la que me incluyo. Como no me puedo meter en la mente de todos los que escribieron aquellas cartas sobre McCandless y su falta de preparación, su idealismo inconsciente y autodestructivo, lo que sí puedo hacer es decir lo que yo creo que nos pasa con todos estos aventureros. La historia del joven McCandless nos toca la fibra sensible y algo muy dentro de nosotros. Algo que poco o nada tiene que ver con nuestra indignación porque alguien que está en la flor de la vida perezca por no llevar linternas, un forro polar o suficientes latas de conservas.  Es algo mucho más profundo e íntimo. Una herida latente que muchos tenemos y que no por ser ignorada ha dejado de supurar. Una herida cuyo origen son los grandes sueños olvidados y la renuncia a cumplirlos en esta vida. McCandless nos recuerda que existe una alternativa a lo que nosotros elegimos en su día y muchas veces justificamos con un poco creíble “no tuve más remedio”; que entre seguir los parámetros sociales y hacer lo que esperan de nosotros, hay otra vía; que nuestros sueños de juventud no tienen por qué ser irremediablemente postergados o traicionados por hacer lo convencional o lo predispuesto.

    Chris McCandlees emprendió su viaje a Alaska en busca de la naturaleza cuando tenía 24 años, nada más salir de la universidad. William Finnegan ni tan siquiera acabó sus estudios universitarios, se marchó a recorrer el mundo en busca de olas perfectas. Cuando la mayoría de nosotros estamos buscando másters, doctorados, prácticas, enviando currículums a empresas, apuntándonos en oficinas de empleo o nos planteamos un viaje para aprender idiomas, algo que de alguna forma facilite nuestra incorporación al mercado laboral, Chris dejó su confortable hogar de clase media-alta, quemó su dinero y emprendió una aventura, abandonando un futuro profesional de lo más prometedor. Tal vez, la gran hostilidad con la que la gente recibimos historias como éstas tenga que ver con la envidia de ver que alguien tuvo la valentía de hacer algo que nosotros no hicimos y deseamos hacer; o también porque a menudo estos aventureros nos recuerdan a nosotros mismos que en el enorme dilema de tener que elegir entre el camino trillado y más seguro de lo convencional y socialmente aceptado y la incertidumbre de lo insólito nosotros cogimos el primero.

  Durante muchos años, invariablemente, cuando leía en revistas de surf la historia de jóvenes surfistas que emprendían viajes por el mundo en busca de olas paradisiacas, tubos perfectos… recibía estas noticias de la misma manera. Al igual que los lectores de Outside, lejos de admirarles por hacer lo que yo quería y no me atrevía, sin conocerles ni a ellos ni sus circunstancias personales, los criticaba duramente e invariablemente les catalogaba de “hijos de papá” que tenían la vida solucionada y no tenían que trabajar ni estudiar para subsistir.  Creía que a su regreso les estaría esperando el dinero de papá, como un colchón de seguridad, para salvarlos de su ‘inconsciencia’. Recibir estas historias con hostilidad, como si se tratase de una especie de insulto personal, y no como una oportunidad de aprendizaje, supuso en mi caso un gran e imperdonable error, pues me cerró por completo a otras experiencias o alternativas, y me hizo concebir mi propia existencia como una obligación perpetua en la que invariablemente había que hacer siempre lo mismo, porque no me permitía ver más opciones,  y en la que el único rol que me quedada era el de ser responsable.
  Hoy, desde mi supuesta madurez, no puedo hacer más que envidiar y admirar  profundamente a los aventureros. Admiro, respeto y siento un enorme cariño por Chris McCandless, un gran aventurero y un ejemplo para aquellos que pensamos que el gran pecado no es morir persiguiendo un sueño es vivir sin tan ni siquiera haber intentado cumplirlos, o directamente abandonándolos.

  Los fríos y yermos parajes de Alaska, la posibilidad de sufrir un accidente en una playa en un país remoto con una red sanitaria deficitaria puede provocarnos la muerte física, pero a menudo se nos olvida que existe otra forma de morir, mucho más silenciosa, pero más letal; y es la que ejerce la asfixiante rutina, con sus cargas y responsabilidades nada gratificantes, en nuestras almas. De esa Chris McCandless salió indemne.

domingo, 24 de junio de 2018

El intangible 'Hall de la fama' de las leyendas surferas


Manel Fiochi es uno de esos personajes que a un periodista (escrito) o historiador le genera emociones encontradas. Por un lado, su condición de surfista en la década de los sesenta, de viajero accidental a Francia, cuando allí gracias a los australianos se fijaban las bases del surf moderno en el Viejo Continente, de introductor de la primera tabla corta y de un surfing más dinámico y fluido y con nuevas maniobras en Cantabria y por extensión en España, de codescubridor de Santa Marina…, hace  que te frotes las manos con la entrevista que puedes sacar; pero por otro lado, también te topas con la otra realidad de Manel;  su poca previsión, o nulo interés, a la hora de conservar archivos, fotografías o recuerdos de aquella época. Todo esto, en un mundo donde le damos a la imagen un poder tan predominante, yo incluso diría que, con la llegada de Internet, excesivo, provoca que tu trabajo quede de alguna forma asimétrico e incompleto y, por qué no decirlo, que te cueste una barbaridad colocarlo en unas revistas o medios que muchas veces se preocupan más de que la historia tenga un abundante material gráfico, que de la calidad informativa o literaria de la misma.
  Todo esto me ha hecho reflexionar en profundidad sobre los mecanismos que funcionan a la hora de escribir la historia y si estos son justos. Como no soy historiador no sé si estos parámetros funcionarán en  cualquier acontecimiento histórico al que te aproximes; pero sí que me he percatado que en la historia del surfing sí que han funcionado y en exceso. Muchas veces me ha dado la sensación de que muchos surfistas han sido obviados, olvidados, silenciados simplemente por el hecho de no haberse dedicado a registrar sus jornadas de surf, sus baños, por no haber atesorado material o cualquier documento gráfico de la época. Por haber tirado sus viejas tablas o trajes de neopreno. Estaban más centrados en coger olas, en avanzar y en descubrir en un deporte emergente del que poco o nada se sabía, que de hacerse fotos y archivarlas. Hay gente que es así, que cuando viaja o es la primera comunión de su hijo, la boda de la hermana, está más centrada en disfrutar, en estar con los cinco sentidos puestos en lo que tiene delante. Otros, en cambio, poseedores de un instinto coleccionista, registrador y notarial han supuesto una auténtica mina para los periodistas e historiadores y además han tenido un papel fundamental a la hora de escribir la historia, pues se ha dejado en sus manos, su cabeza y en su material la enorme responsabilidad de escribir o reescribir la historia. 
    Supongo que me dirán que la historia es una ciencia y que aplica un método que no deja lugar al sentimentalismo ni a las emociones, pues es objetivo e imparcial; pero también es cierto que cuando nos acercamos a un objeto de estudio no podemos pasar por alto las propias características particulares del mismo y parece que es aquí donde se nos olvida la propia naturaleza del surfing y más en sus orígenes.  Su carácter a menudo individualista y solitario... Y si me apuras, hasta maldito. Podemos pensar que el surf siempre ha sido un deporte mayoritario y masivo, pero muchas de las gestas que ahora son objeto de estudio se realizaron en soledad, sin más testigo que los arenales, las gaviotas y las rocas. Con estas premisas, ¿qué posibilidad tiene un surfista solitario y rebelde de demostrar que fue el primero en meterse en tal o cual pico? Pocas, por no decir que ninguna. 
     Esto que pasa con Manel supongo que pasa con muchos otros surfistas a los que no conozco personalmente. Cada evento, cada homenaje, cada libro satisface a muchos protagonistas, familiares y amigos, que se ven reconocidos; pero también enfada, llena de rabia y de tristeza a muchos otros, que ven que son obviados, olvidados o cuya presencia no tiene el peso específico que creen que se merecen. Comprendo a los autores y comprendo a los indignados, pero para mí el surfing no es como otro deporte ni como cualquier otro hecho histórico, y los surfistas pioneros no son personajes históricos, como lo pueden ser Winston Churchill, JFK, Nelson Mandela o Hitler; para mí son leyendas, mitos, y como tal los considero y los trato.
  Hay algo más poderoso y fuerte que la piedra o el bronce de los monumentos, de las placas, que los libros y los periódicos que se acumulan durante lustros en estantes y bibliotecas; algo que dura mucho más tiempo; este algo es el boca a boca, la transmisión oral de historias que se hace entre surfistas a través de los tiempos y de las generaciones. Las anécdotas que se cuentan en los aparcamientos de la playa, en la orilla o en el pico. Cuando alguien consigue esto ha llegado a una categoría o a un nivel que poco o nada importa que salgas o no en un libro. Un surfista de leyenda debe estar en la playa, en el recuerdo y en la memoria de los surfistas que tomaron su relevo y que hoy como ayer se la juegan deslizándose por las rompientes que descubrieron.

  Uno de estos recuerdos, una de estas transmisiones orales la compartió conmigo el pintor español afincado en California, Antonio Gómez Bueno. En el chiringuito de Los Locos, el artista recordaba el surfing de Manel Fiochi para una entrevista que realicé para 3sesenta; un artículo que estuvo a punto de no ver la luz por qué no disponíamos de suficiente material gráfico, pero que finalmente pudo salir.
 

   “A mediados de los 70, el surfing que veíamos en Los Locos era un poco rígido la mayoría de las veces; había gente que cogía las olas, pero iban donde les llevaba la tabla… También te tienes que imaginar qué tablas eran aquellas, y sin invento y aquellos trajes... Todo influye… Y que no había videos y a la gente se le tenían que ocurrir las cosas. Ahora aprenden viendo, desde el primer día ya sabes lo que hay que hacer... Recuerdo perfectamente que de todos los surfers que pasaban por Los Locos Manel Fiochi era de los más destacados, como si hubiera llegado de otro planeta […]. Manel era puro estilo, siempre bien colocado en la ola, sacando el máximo partido a lo que la ola ofrecía. Manel siempre leía bien las olas, no hacía un giro de más, pero cuando hacía uno, lo clavaba, además siempre iba a toda pastilla. Muy elegante y poderoso a la vez. Iba muy bien a contramano, que era una rareza. Una ola típica podría ser un late drop, bottom turn brutal, colocado en la pared, poner las manos en la espalda y esperar a que el labio le tapase, salir del tubo hacer un cut back y salirse de la ola... Una especie de Gerry López cántabro, con influencias de un Rob Machado (que aún no había nacido...) Al verle surfear te dabas cuenta que estaba conectado con el cosmos, que sabía cuál era su lugar en la inmensidad del universo, que sentía cuando Orión entraba en Sagitario,  que surfeaba para recargar su energía cósmica”.
  Cuando pienso en Manel Fiochi y hablo a la gente de él siempre me acuerdo de esta frase. Una frase que será muy difícil que tenga cabida en un libro de historia, pues no poseemos vídeos, o documentos historiográficos que la sustenten, pero es la que le contaré a mi hijo y la que espero que mi hijo le cuente a sus amigos…

   http://surfordieoflaughter.blogspot.com/2013/11/manel-fiochi-los-locales-les-diria-que.HTML

   http://surfordieoflaughter.blogspot.com/2013/12/entrevista-manel-fiochi-parte-ii.html

sábado, 12 de mayo de 2018

Dar la espalda a nuestra ola

  ¿Qué es la felicidad? ¿Quién no se ha hecho alguna vez esta pregunta? Por desgracia, no tengo la respuesta a la primera pregunta, pero creo conocer las claves de lo que nos puede acercar o alejar de ella.
  
  Nuestros sueños y nuestras metas pueden ser los caminos más directos para acercarnos a la felicidad. Al igual que tomar decisiones y acciones en nuestras vidas contrarias a la consecución de nuestros sueños puede alejarnos irremediablemente de ella. Resulta por tanto imprescindible que intentemos ser lo más consecuentes posible entre lo que deseamos hacer y lo que finalmente hacemos, pues muchas veces nuestras acciones y decisiones por increíble que nos parezca no guardan relación o sintonía con nuestros deseos. Hacemos cosas que realmente no queremos por obligación, por responsabilidad, al igual que no hacemos otras que queremos por miedo, por complejo… Y lo peor de todo esto es que, en mitad de este macabro mecanismo, ni nosotros mismos muchas veces sabemos discernir que sueños son genuinamente nuestros y cuales son asimilados o inculdados. Nos podemos autoengañar una y mil veces presentando ante nuestros ojos sueños o metas ajenos como propios, pero lo que jamás podremos conseguir es que un sueño ajeno nos proporcione la felicidad o dicha que nos genera un sueño genuinamente nuestro al haberlo perseguido y finalmente conseguido. Es más, la consecución de una meta o sueño no propio, lejos de alegrarnos, por lo general, nos suele dejar siempre con un sentimiento de culpa, con una sensación de anormalidad, de cierta disfuncionalidad o de bicho raro. Esto lo vemos bien en un acto colectivo como una ceremonia de graduación o una meta de una carrera, donde las muestras de efusividad y de alegría desmedida de la mayoría de los participantes están a la orden del día y genera en el sujeto cuyo sueño que está materializando no es propio este sentimiento de culpa, de disfuncional o de psicópata. ¿Por qué los demás se alegran tanto y yo permanezco indiferente? Es su pregunta más recurrente. ¿Estoy deprimido? ¿Estoy incapacitado de por vida para la felicidad? Si lo analizamos, la respuesta es bastante sencilla…
La satisfacción que nos genera la consecución de una meta no va en función de su dimensión o grandeza, sino de lo implicado que estemos en ella o lo mucho o poco que la sintamos como nuestra. Sólo así se explica cómo a veces gestas aparentemente grandiosas como acabar una carrera universitaria, conseguir un trabajo, casarnos, comprar una casa no nos deparan mucha felicidad y en cambio conseguir metas a priori más “modestas” como jugar una pachanga de fútbol con los amigos y meter el gol de la victoria, concluir una modesta carrera popular de 12 kilómetros o acabar un cuadro, un relato o una poesía nos proporciona una dicha anormalmente elevada. La razón: la segunda meta es genuinamente nuestra, no nos la ha inculcado la familia, la sociedad o nuestros grupos de amigos.
  Hoy en día es bastante común escuchar a la gente preguntarse ¿Por qué no soy feliz? Tengo una mujer, unos hijos maravillosos, un buen trabajo, dos coches, una casa, vacaciones…  Acto seguido, la pregunta que deberíamos hacerles es la siguiente: ¿Era esto realmente lo que querías para ti o lo que soñabas durante tu adolescencia, o en algún momento optaste por estas metas socialmente establecidas, abandonando por el camino algún sueño genuinamente tuyo por irreal, irrealizable o estrambótico? Debemos saber que nuestros sueños y su realización es lo único que nos puede hacer felices y que cumplir sueños ajenos jamás nos hará felices. Esto es tan cierto como que primero hay que haber intentado cumplir un sueño en la realidad para considerarlo irrealizable.
  Es importante tener sueños, casi tanto como intentar llevarlos a cabo. Uno de mis pequeños sueños durante mi juventud consistía en coger una ola que un día descubrí accidentalmente. Tenía el traje de neopreno arreglando, en algún taller de Francia, paseaba por un idílico parque y delante de mí, donde popularmente se consideraba que jamás había olas, apareció, como por arte de magia, la izquierda tubera más majestuosa que había visto en mi vida, nada más verla y tras frotarme los ojos, mi emocionada mente se acordó automáticamente de Mundaka, pero en pequeño. Esta ola rompía en una playa no transitada por surfistas,  no funcionaba muy habitualmente, necesitaba unas condiciones de mar muy concretas (un mar de fondo bastante generoso, un punto de marea muy concreto y un viento off shore bastante particular dada la orientación de la playa) y rompía sobre rocas y frente a un espigón. Desde aquel día, cada vez que el pronóstico marítimo anunciaba que entraba bastante mar iba a aquella playa con la esperanza de encontrar la ola. Unas veces, me encontraba la marea muy alta, y la ola se iba dibujando muy lentamente, pero no rompía hasta chocar contra el espigón; otras, la marea estaba demasiado baja y las rocas emergían y resultaba imposible surfear, pues te golpeabas con ellas. En otras ocasiones, era el viento el que rompía las series haciendo impracticable el pico. Pero al menos en cinco o  seis ocasiones fui y la ola sí permitía ser surfeada. Entonces, dentro de mí comenzaban a operar invariablemente pensamientos que me alejaban de mi sueño; desconocía el camino por el que debía llegar al pico, percibía mil y un peligros, rocas contra las que me podía golpear, la posibilidad de romper la tabla contra alguna de ellas, la probabilidad de hacer el ridículo ante los paseantes que en ese momento caminasen por la playa, el miedo a fracasar en mi empresa antes siquiera de haber empezado … Al final, lo más doloroso de todo es que estos pensamientos se alzaban victoriosos e invariablemente me encontraba en la dura tesitura de tener mi sueño delante  de mí y tener que darme la vuelta. Darle la espalda y alejarme sin haber intentado siquiera realizarlo. Como digo seis veces me encontré la ola, y seis veces me marché a casa, o me metí en la  playa de al lado, a la que iba siempre, sin haber intentado coger la ola de mis sueños. Con el tiempo, cada vez que había temporal, dejé de acercarme a esa playa para ver si rompía mi ola. Abandoné mi sueño. Si bien, la sensación de frustración me ha acompañado fielmente hasta hoy en día que me he dado cuenta que hubiese sido preferible meterme en el agua y correr el riesgo de caerme, tener un wipe out, abrirme la cabeza, cortarme con las rocas, romper la tabla, el traje de neopreno, escuchar las risas de la gente,  que darme la media vuelta sin haberlo intentando y tener que convivir, después de tantos años, con esa sensación de fracaso; y sí empleo la palabra fracaso; porque el auténtico fracaso no radica en no conseguir una meta, en no haber cogido una ola, sino en ni tan siquiera haberlo intentando, en considerar un sueño imposible sin haberse siquiera puesto el traje de neopreno y haber intentado llegar al pico.
   
  Lo realmente duro no es haberle pedido salir a una chica que nos gustaba en el instituto y que esta nos dijese que no, haber suspendido las pruebas físicas del cuerpo de bomberos (aunque cueste creerlo, de estos reveses se acaba saliendo y si me apuras, hasta más fortalecido), lo realmente duro es haber seguido de largo por la vida sin ni tan siquiera intentar hacer realidad nuestro sueño.
   Sigo sin saber cuál es el secreto de la felicidad, pero creo que una de las claves puede ser la de no dar la espalda a nuestra ola o a nuestro sueño. Al menos sin haberlo intentado…

Enlaces relacionados:

http://surfordieoflaughter.blogspot.com.es/2018/04/el-psicoanalisis-de-las-olas.html
 

domingo, 22 de abril de 2018

Años Salvajes. Una biografía de un escritor surfista para todos los lectores


 
 
Cualquier momento es bueno para recomendar un  libro,  un buen libro, pero ahora coincidiendo con el día del libro, aprovecho doblemente para animar a la gente a que lea el libro de William Finnegan titulado Años Salvajes. Biografía, premiada con el Pulitzer, que recoge las aventuras y desventuras surferas en torno a las olas grandes vividas por el autor por todo el mundo (California, Hawaii, Sudáfrica, Australia, Portugal, etc...).
 Finnegan  es un reputado periodista que ha cubierto peligrosos conflictos internacionales como las guerras de Sudán o de los Balcanes y colabora con medios tan prestigiosos  como el New Yorker. Además por lo que se desprende de Años Salvajes ha sido un voraz lector de los grandes autores americanos del siglo XX, con los que curiosamente también ha  compartido la profesión de periodismo (Hemingway, Norman Mailer).  Todo esto se nota en Años Salvajes. Si el reclamo de algunas autobiografías únicamente es la increíble vida de su autor, que luego es incapaz de plasmar en palabras de una forma amena, interesante y estética la misma, en Años Salvajes, no existe este problema. La vida de Finnegan es de película, de libro, pero es que además su narrativa está a la altura de los grandes hechos que narra. De alguna forma, leyéndolo se llega a la conclusión que este libro lo hubiera podido escribir Truman Capote, si Capote hubiese cogido olas. Descripciones de baños extremos, con series monstruosas, olas colosales, cazadas, lavadoras, todo relatado de forma precisa, sin exceso de adjetivos, sin maquillaje, sin rocambolescos ejercicios estéticos, todo al servicio de la narración.
  El libro está estructurado en diversas fases de la vida del autor vinculadas a míticas zonas surferas del planeta. A mí particularmente las partes que más me gustan son la primera, en la que narra su conflictiva adolescencia en un instituto de Hawaii; cuyas peleas, después de clase, con los peligrosos matones nativos me han recordado a mi admirada La senda del perdedor de Charles Bukowski y los últimos capítulos (etapa en Nueva York) en los que relata, sin medias tintas, el declive físico que experimentan los surfistas según van cumpliendo años. He leído bastantes biografías de pros, pero nadie hasta ahora ha explicado tan sinceramente lo que supone para un surfista irse haciendo mayor, perder cualidades y asimilar que llega un momento en que tu agilidad y equilibrio van a menos y ya no puedes coger las olas grandes y rápidas que cogías antes. Esto encima cuando has sido un big wave rider que has empleado guns tiene que ser demoledor.  Me ha gustado la reflexión de que todo surfista por muy bueno que haya sido acaba convirtiéndose en un novato en el agua. Al final, se desprende que la vida tiene una estructura circular, empiezas y acabas usando un long board o una tabla con mucho volumen, si es que quieres seguir al pie del cañón, del pico, y no abandonarlo.
Por último, decir que Años Salvajes no es un libro de surf, entendiendo esto como un libro que sólo deban o vayan a comprender surfistas. Al igual que El Gran Miércoles tampoco es una película exclusiva de surf para surfistas. Años Salvajes, al igual que El gran Miércoles, es un libro que habla de la vida y de las decisiones que debemos tomar. De cómo muy pocas personas priorizan su gran pasión por encima de  lo que la sociedad, nuestros padres o nuestro entorno considera que debemos hacer. Ir a la universidad, comprar una casa, formar una familia, tener un trabajo relacionado con estos estudios. Al igual que hay una gran mayoría que cedemos a  la presión del entorno y acabamos abandonando nuestra pasión, o la marginamos a nuestros periodos de tiempo libre, o la degradamos a la condición de hobby, por cumplir con nuestras obligaciones. 
 Este es un libro que recuerda a Hacia Rutas Salvajes, de ahí que desde mi punto de vista haya que intentar quitarle cuanto antes esa etiqueta un tanto peyorativa y estigmática de libro de surf, que lo condena a un círculo muy restringido. Años Salvajes es un libro que habla de la libertad, de las grandes y arriesgadas apuestas  que hay que tomar en la vida, sobre todo cuando eres joven, de si debes de tomar el camino convencional y seguro o el alternativo cuyo destino es más incierto. Por todo esto, Años Salvajes es un libro sobre la vida que podemos leer todos,  surfistas y no surfistas, pues todos nos vemos empujados a tomar decisiones, elegir entre lo que debemos hacer o queremos hacer, ya sea surfing, cocinar, escribir o hacer danza clásica.

 Ficha técnica:

Título: Años Salvajes

Autor: William Finnegan

Traducción: Eduardo Jordá

Editorial: Libros del Asteroide

Páginas:  593

jueves, 19 de abril de 2018

El Psicoanálisis de las olas

  
Nuestra manera de hacer las cosas proporciona información muy valiosa de cómo somos. Información que reciben los demás y también, para qué negarlo, uno mismo.
   De esta forma, no resulta extraño escuchar que se puede saber cómo es alguien por verle cómo se desenvuelve al volante o por cómo se comporta con su perro, etc.  Nuestro surfing o nuestra forma de desenvolvernos en el agua también dice mucho de nosotros mismos, a los demás y por supuesto a nosotros, si es que queremos verlo. Además ver  cómo nos desenvolvemos en el agua también puede ayudarnos a entender mejor cómo nos desenvolvemos en la vida.
 Desde un punto de vista puramente relacionado con el surfing, es bastante habitual encontrarse, en el agua, con un sujeto que únicamente rema  las olas que tiene la total y absoluta certeza que van a abrirle  y le van a permitir deslizarse por su pared una cantidad elevada de metros. Generalmente, este comportamiento selectivo suele ser interpretado por el sujeto que lo practica como una especie de virtud o de don de la elección. Algo que, en algún caso, puede ser cierto, pero que otras veces esconde un patrón de la personalidad que quiere controlarlo todo, y cuando digo todo, englobo hasta algo tan incontrolable y fuera de nuestro alcance como una ola del  océano.  
   Si encajamos en este perfil de surfista selectivo, en nosotros radica el discernimiento de si lo somos por un don de la premonición o si, por el contrario, lo somos porque tendemos a acomodarnos en lo conocido y evitamos las situaciones nuevas, poco conocidas y por tanto impredecibles.
 
 Mientras aprendemos a descubrir el verdadero motivo que nos empuja a asumir tan pocos riesgos, veremos como los baños se caracterizan  por el número anormalmente elevado de olas que dejamos pasar y por la sensación de que los minutos y las horas se nos pasan esperando esa ola que no acaba de llegar nunca.
   Muchas veces, en la vida, ponemos en práctica la táctica un tanto conservadora de este tipo de surfistas y no nos atrevemos a iniciar una aventura, afrontar un reto o hacer algo distinto porque no tenemos una garantía y seguridad elevadas, por no decir totales,  de que nuestra empresa vaya a resultar exitosa (como si existiesen las olas o las oportunidades que vienen con el éxito garantizado y si no, te devuelven el dinero). Como el surfista en el agua, sólo emprendemos aquello que conocemos de antemano que nos va a permitir deslizarnos durante decenas de metros y en lo que no sufriremos caídas.  Dejamos pasar las oportunidades,  como las olas,  una detrás de la otra, por no verlas claras y sólo nos atrevemos con aquellas que sabemos resultaremos victoriosos.  Sólo hacemos aquello que conocemos y nos resulta familiar. Al final si nos damos cuenta siempre hacemos y pillamos las mismas cosas/olas.  
 
  Verdaderamente,  ésta es una fórmula maestra para no sufrir los tan temibles wipe outs,  pero también es el camino más directo para llegar al estancamiento prematuro, a la autolimitación más absoluta y a tocar techo a las primeras de cambio. Al inmovilismo, en definitiva.  También es el secreto para matar el encanto de todo,  hasta de  lo más maravilloso, el surfing incluido.
  La única forma de crecer y evolucionar como surfistas y personas es probando olas/playas desconocidas con resultados inciertos. Esto es lo que llamamos asumir retos.  Si solo nos enfrentásemos a olas conocidas y facilonas que sabemos de buenas a primeras que van a abrir y que nos van a dejar deslizarnos decenas de metros, jamás evolucionaríamos por la sencilla razón de que no nos pondríamos nunca a prueba. Nos guste o no, lo que nos hace avanzar en la vida es enfrentarnos a situaciones desconocidas y nuevas, o dicho de otra forma, a olas que antes de remarlas no tenemos la total y absoluta certeza de si nos van a dejar deslizarnos o no unas decenas de metros. Olas o situaciones que por su dificultad nos pondrán a prueba. Unas veces las superaremos; y otras, no; pero debemos aprender a ver éstas últimas como parte del aprendizaje y no como un fracaso. Como dice el lema: unas veces se gana y otras, se aprende.
 
  No se trata de pasar de surfear olas de medio metro a meterse en Mavericks, Jaws o Teahupoo un día gordo. Por desgracia, lemas hoy tan populares como ‘nada es imposible’, ‘hazlo’ o ‘no limits’ causantes de tantos sustos o  disgustos no son ciertos y sólo sirven para vender más zapatillas o bebidas energéticas. Los límites existen, pero se trata de ir descubriendo los propios, EXPLORARLOS y no quedarnos estancados, ofuscados y frustrados a las primeras de cambio asumiendo situaciones archiconocidas que no nos suponen el menor reto y cuya consecución no nos va a proporcionar ni satisfacción ni sentimiento de orgullo hacia uno mismo; por miedo a situaciones nuevas. No hay que extralimitarse, pero tampoco limitarse. Estamos hablando de asumir retos de forma gradual, escalonada y juiciosa.
 Puede existir cierto paralelismo entre el conocimiento de nuestros propios límites y la forma en la que los seres humanos fueron definiendo los mapas de este mundo.  Podemos llegar a la conclusión total y absoluta de que hemos llegado al final y, de repente, descubrir que hay algo más allá de lo que llamábamos nuestro Finisterre. Nuestros límites pueden fijarse, pero también reescribirse.
  Haciendo siempre lo mismo, surfeando los mismos tipos de olas, la misma playa y las mismas condiciones ni crece tu surf ni creces como surfista. Haciendo siempre las mismas cosas y evitando enfrentarte a situaciones desconocidas en tu vida, te estancas como persona.