lunes, 2 de septiembre de 2019

‘Corchopan’ hasta en la sopa


Después de pasarme años combatiendo la tendencia de los surfistas neófitos de abandonar el evolutivo,  minimalibú,  long o cualquiera que fuese el dispositivo de deslizamiento empleado para un fácil  y rápido aprendizaje apenas hacen el primer take off por una tabla corta (leer mi artículo sobre ‘La tiranía voluntaria dela tabla corta’), compruebo con estupor que si bien la tendencia se ha revertido, ha sido sustituida por otra, aún más incomprensible si cabe. Esta tendencia no es otra que la de penalizar el uso del foam y de la fibra de vidrio y la de decantarse por las tablas de corchopan o espuma para los días de verano. Y es que a nadie que visita la playa de junio a septiembre se le puede pasar por alto el empleo masivo e indiscriminado de este tipo de tablas, antaño patrimonio exclusivo de los alumnos de las escuelas de surf, por todo bicho viviente independientemente de su nivel,  antigüedad y destreza. Es como si de repente el foam estuviese penalizado en el pico.
 
Y digo que resulta incomprensible porque la única ventaja y aportación que veo en estas tablas al mundo del shape radica en su material, blando, ideal para dar clases a los que empiezan. Y no nos llamemos a engaño, son ideales no porque el surf sea un deporte excesivamente peligroso donde puedas hacerte chichones, abrirte brechas o romperte la cabeza… Porque si esto fuera así, en las escuelas no emplearían tablas de corchopan, sino que obligarían a llevar casco. Más bien su utilidad radica en que ahorra un auténtico pastizal en reparaciones por toques  a unas escuelas con una tendencia compulsiva de masificar los picos con unas clases con un ratio de alumnos más elevado que la densidad de población de alguna isla del sudeste asiático. Sobrepoblación que, como digo, no hace más que elevar la probabilidad de siniestros en forma de golpes y bollos, que las tablas de  corchopan absorben sin que se resienta su estructura, mermen sus facultades o reduzca una estética ya de por sí inexistente. Una mejor absorción de los golpes que entiendo que los surfistas más veteranos han priorizado también, por encima incluso de cuestiones hidrodinámicas,  y que les ha hecho decantarse por ellas en perjuicio del foam.
Tendemos muchas veces a concebir al shaper como un profesional que únicamente se dedica a hacer tablas, reduciéndole a una función manual y de taller; pero el shaper, el de verdad, el auténtico, el que ha hecho avanzar este deporte desde los tiempos mastodónticos de Tom Blake hasta las tablas minimalistas de Al Merrick, es más que eso.  El shaper hace tablas a golpe de cepillo en su taller, sí, pero también es alguien que las diseña, que las visualiza en su mente, las dibuja en una cuartilla, que concibe nuevos modelos y que da respuesta a necesidades que a los surfistas se nos presentan en el agua. El shaper se mueve muchas veces en ese terreno incierto, a medio camino entre el artesano y el artista. El inventor y  ‘el manitas’. Tablas más veloces, quillas que nos aferran más a la pared, permitiéndonos hacer maniobras donde antes simplemente era impensable, materiales más ligeros…
 Uno de los problemas a la que los shapers más  han intentado dar respuesta a lo largo de los últimos cincuenta o sesenta años ha sido la de encontrar una tabla que pudiese emplearse en los días de verano, en los que las olas no tienen mucha fuerza y cuesta que nos lleven, sin la necesidad de que tuviese mucho volumen. Una especie de santo grial o panacea que tuviese mayor flotabilidad pero sin sacrificar la maniobrabilidad. Tablas cortas y anchas para unos surfistas prejuiciosos que no querían hacer uso de malibús, longs por considerarlos propios de novatos. La evolución en el diseño de las tablas de surf en los últimos veinte años ha sido simplemente impresionante y el abanico de modelos, formas y materiales se ha abierto hasta parámetros que nos dan una libertad que ningún surfero del pasado imaginó.  En medio de esta revolución,  de estas investigaciones realizadas por los talleres dando respuesta a algo que no olvidemos provenía de la propia comunidad surfera, de repente nos encontramos con este fenómeno imprevisto, insólito, propio de Expediente X o de un programa de Iker Jiménez, en el que desde el que está aprendiendo hasta el que lleva veinte años elige tablas de corchopan. Un fenómeno al que yo y supongo que muchos de los shapers que han invertido tiempo, dinero y horas de sueño en busca de mejores diseños para el verano no encontramos respuesta.
 
No se trata de discriminar estas tablas de espuma porque son las que usan en las escuelas  o los que están aprendiendo, como antaño los locales discriminaban o marginaban a los que llevaban un minimalibú porque tenían la prejuiciosa idea de que el que llevaba estas tablas no sabía, se trata de cuestionar la elección indiscriminada de este tipo de tablas por una gran mayoría de la comunidad surfera. Un tipo de tablas cuya única aportación al diseño y mérito para pasar a la historia del shape es el descubrimiento de incorporar un asa que facilita su traslado del coche a la orilla o viceversa, como si la funcionalidad o no de una tabla estuviese en su trayecto del parking al agua o de la escuela a la arena. Ignorando el hecho de que una tabla no es una maleta en lo que se prioriza es su transportabilidad, pues si fuese así lo próximo será hacer tablas trolley con ruedas. Aunque parezca una obviedad  donde tiene que funcionar una tabla es en el agua. Es allí donde tiene que darnos su mayor rendimiento. Como se encargaba de repetir Florian Carlo,  shaper que vio por dos veces truncados sus deseos de hacer un taller y una tienda de surf diferentes, “la tabla es el elemento más importante en el equipamiento de un surfista, es lo que nos desliza por el agua y lo que nos pone en contacto con ella”. La elección de un tipo de tabla no debe ser algo baladí, ni seguir dictados externos ni modas. Debe responder a una decisión personal, libre y plena. Debe contestar a una deliberación nuestra interna intentando hallar solución a esta pregunta: ¿qué nos gustaría hacer en el agua? La tabla nos tiene que ayudar en el agua a sacar el mayor rendimiento posible a unas condiciones externas de oleaje e internas relacionadas con nuestra destreza, técnica o forma física.
  Tampoco consiste en ser fetichistas ni megalómanos, una tabla de surf no es mejor cuanto más dinero cueste o cuanto mejor sea su acabado o dibujo, pero entre esta superficialidad y la tendencia actual de elegir una tabla de marca blanca sin personalidad y nunca mejor dicho sin alma tiene que haber un término medio. Se trata de que cualquiera que ha surfeado en algún momento de su vida sabe que entre un surfista y su tabla se establece un vínculo, una auténtica relación de amistad, a menudo tan intensa que puede desembocar en romance. Se trata de que el surfista, como el que ama las motos, las bicicletas o los coches, sabe la relación especial que se establece entre él y su vehículo. Y la importancia de su elección. Aunque quieran aplicar ahora a las tablas los mismos parámetros y estándares de fabricación y de marketing que la ropa y los electrodomésticos (acabaremos viéndolas 2X1, día sin IVA), estas no son así, una tabla es única, primero porque así lo concibe el shaper en su taller, y segundo,  porque para un surfista no puede haber dos tablas iguales, y sabe que su tabla es única, irrepetible y maravillosa. Esto lo sabe bien el que ha tenido una tabla y ha visto como se ha hecho un golpe por chocarla con una jamba de la puerta al salir de casa o una columna del garaje al extraerla por el maletero del coche, o le han hecho un toque bordeando una ola uno que se la ha saltado o remontaba por donde no debía. Sabe que un golpe en su tabla de foam duele mucho, casi más si me apuras que uno propio, pero pese a ello, pese a su fragilidad, no la cambiaría por nada del mundo. Mucho menos por una de corchopan.

lunes, 12 de agosto de 2019

Capi, radiografía de un emprendedor; en la revista Cantabria Económica



 Francamente, abrir hoy en día  una escuela de surf a pie de playa no es lo que se dice un negocio innovador y revolucionario. Vamos, que el que inaugure mañana una surf school no puede ser tan iluso de esperar que le dé la Cámara de Comercio el premio a empresario original del año. Lo que sí que puede resultar interesante es conocer a la primera persona que visualizo que algo que hoy funciona tan bien podía ser una forma perfectamente válida de ganarse la vida. En el caso de las escuelas de surf esta persona no es otra que David García, más conocido como Capi, de la Escuela Cántabra de Surf.
  Los pocos que me conocen por mis artículos, por mis libros o por coger olas saben que no soy precisamente un fanático de este modelo de negocio que tanto daño han hecho a mis baños de verano... De primavera, de otoño y de invierno (¡Maldita desestacionalización!); pero en un país donde la gran mayoría la única alternativa que vemos para trabajar, después de salir de la universidad o del instituto, es ser contratado por terceros o por el Estado la figura de los emprendedores resulta de lo más inspiradora. Sobre todo durante y después de la tan mencionada crisis económica, que provocó que la oferta pública de empleo se viera interrumpida o reducida a la mínima expresión.
 
En los noventa, sin Internet, los carteles jugaban un papel crucial de promoción a pie de playa.
 
     Este parón en las oposiciones y parálisis en la génesis laboral del sector privado provocaron que surgieran palabras tan bonitas como emprendimiento, emprendedor e ideas tan seductoras como que todos nosotros no sólo podíamos sino que debíamos ser nuestro propio jefe y echar nuestro negocio a andar. En muchos de nosotros caló tan profundamente este mensaje, que desde ese momento no hicimos más que estrujarnos las neuronas en busca de esa idea salvadora y de la fórmula para materializarla. Pasaron los años, leímos decenas de libros de autoayuda, biografías de hombres de negocios, vimos vídeos por YouTube de coaches, la economía mostró síntomas de recuperación (no muchos), y jamás encontramos esa idea que nos haría ser nuestro propio jefe y mucho menos la forma de echarla a andar.
 
  Por todo ello, siempre he encontrado de lo más inspiradora y admirable figuras como la de Capi. En primer lugar, por visionarios, y en segundo lugar y me atrevería a decir más importante, por la valentía de arriesgarse a asumir el reto y transitar por una senda que no es la convencional.
 
 No dudo de las capacidades didácticas de Capi para enseñar a coger olas, pero también veo el enorme valor de los conocimientos que este pionero puede darnos sobre emprendimiento o la fórmula para que una idea de negocio tome forma.  Ojalá que algún día un círculo de negocios, una facultad de económicas o el salón de actos de un instituto le llamase para contar cómo lo hizo.
 
 
 
  Estos testimonios resultan claves en una economía como la nuestra, en la que por desgracia estamos muy huérfanos de visionarios y de personas capaces de ver una oportunidad de negocio en un mercado tan poco imaginativo condenado a generar, una y otra vez, burbujas, por la propia tendencia de los mal llamados emprendedores que lo único que hacen es repetir hasta la saciedad modelos de negocio que funcionan hasta colapsar de oferta el mercado, tirar los precios y arruinar el sector.
 
  Por todo ello, animo a la gente a leer la entrevista que me publica este mes la revista de economía Cantabria Económica al gerente de la Escuela Cántabra de surf, David García. Nuestro localismo no nos debe impedir que veamos que el creador de las escuelas de surf en España nos puede dar una valiosísima lección de cómo cumplir nuestros sueños o tomar las riendas de nuestra vida.

domingo, 28 de julio de 2019

¿Qué mira? ¿Es surfer? No, yo sólo soy una basura. Nada más.


Cuando vi por primera vez El Gran Miércoles, hubo partes y personajes que francamente no comprendí  en absoluto. Con el paso de los años y tal vez coincidiendo con mi madurez, he ido comprendiendo cada vez a más personajes y gran parte de los mensajes que se transmiten a través de ellos.

El personaje y la parte que más me ha costado comprender  ha sido el del shaper Bear, aquel que aseguraba con contundencia lapidaria a dos inocentes críos, llenos de ilusiones, que “nadie surfea siempre”, y su autodestructiva frase de casi al final de la película, en la que  preguntado por lo que está mirando y si es surfer  responde con una naturalidad heladora: “No. Yo sólo soy una basura, nada más”.
 Me he tenido que hacer mayor;  haberme alejado,  por dinámicas vitales impuestas desde fuera y desde dentro de mí, tanto del surf y de la playa , que lo que antaño era una rutina, hoy es una rara excepción…  Haberme convertido en un tipo de surfista que cuando  consulta las páginas de predicciones tipo windgurú reza para que el mar no esté muy pasado... Y que cuando lo está busca el pico más resguardado y seguro… Y lo más importante conocer  a surfistas que han seguido y siguen pasos diametralmente opuestos a los míos para entender a este personaje y escena de esta obra maestra que es El Gran Miércoles.

Hoy he decir con gran dolor que entiendo perfectamente a Bear , porque si a mí, contemplando, desde la orilla, a alguien capaz de jugarse la vida para surfear unas olas,  me preguntasen si soy surfer, respondería sin pensarlo dos veces: “¡No, no. Yo sólo soy una basura, nada más!”.  

 

domingo, 26 de mayo de 2019

Sergio García, buen fotógrafo y mejor surfista... de olas grandes

 


 
El número 200 de la revista 3sesenta incluye mi entrevista al fotógrafo y rider cántabro Sergio García(Santander, 1978) . Desde hace unos años, Sergio es un reputado fotógrafo especializado en el mundo de las olas, actividad que compagina con la práctica del surf, Sup y su rol de profesor en su escuela Surfadictos de la localidad de San Vicente de la Barquera. En la última edición del campeonato de olas grandes 'La Vaca XXL' obtuvo un meritorio cuarto puesto, una posición que adquiere un valor mayor, si cabe, cuando te enteras que en las anteriores ediciones había sido... ¡el fotógrafo oficial de la prueba!, recibió la invitación por parte de la organización horas antes del inicio de la misma al caerse alguno de los participantes oficiales y apenas había surfeado en el peligroso spot santanderino.
 
 
  No sé si el caso de Sergio, el de alguien que pasa de fotografiar a los surfistas de competición y encima de olas grandes desde el acantilado a competir de tú a tú con ellos en el pico será único, pero creo que es una gesta que merece repescarse de ese fenómeno tan actual de noticias en tiempo real que hace que las cosas se olviden casi tan rápido y de forma tan inmediata como se reciben.
 

jueves, 16 de mayo de 2019

Fran Díez nos descubre un subgénero: El Surfterror


Portada de la obra de Fran Díez.
   Pese a ser un fanático de la productora británica Hammer, tener a Terence Fisher entre mis directores favoritos, idolatrar cintas como 'La plaga de los Zombies', 'Drácula vuelve de la tumba', 'Las novias de Drácula', 'Drácula, Príncipe de las Tinieblas', 'Drácula 73', 'El réptil' o 'El perro de Baskerville' y considerar sin ningún género de dudas a Peter Cushing y Christopher Lee, como los mejores Van Helsing y Drácula de la historia del cine, tengo que confesar que no me gusta el género del surfterror, al menos la versión más contemporánea. ¿La razón? Mientras autores legendarios como Roger Corman, el propio Fisher, Franco no tenían más remedio que adaptarse a la economía de medios impuesta por la productora, circunstancia que no les impedía realizar la mayoría de las veces películas dignas, y otras, auténticas obras maestras de su género, los productores actuales de serie B pecan de eso que ahora se ha dado por llamar 'postureo' y esto es algo que se nota, ¡vaya si se nota! Y es que Ed Wood, el bautizado como peor director de la historia del cine, solo hay uno y aunque pueda parecer más fácil imitar lo malo que lo bueno, esto no es tan sencillo como 2+2 son 4. 
 Puede resultar paradójico emplear esta entrada cuando precisamente este texto versa sobre un libro que trata este subgénero, pero lo digo porque no hace falta ser un fanático del surterror para leer 'Suelta tu sucio tentáculo de mi tabla' y encima gustarte, que es lo que a mí me ha pasado.
 Fran Díez define su obra como un ensayo que estudia la sorprendente relación entre dos géneros aparentemente antagónicos como son el surf y el terror. Un extraño maridaje que tras la exhaustiva investigación del periodista cántabro resulta menos anecdótico de lo esperado y deja de manifiesto una multitud de filmes que ya no nos permitirá decir aquello de que películas de surf  sólo hay dos, el Gran Miércoles, Le llaman Bodhi... ¡Y para usted de contar!
  El autor no se contenta ni cae en la tentación tan extendida hoy en día de despachar su obra, por la vía fácil y rápida, mostrando una sucesión interminable de críticas cinematográficas de filmes de surfterror, como muchas obras cinéfilas actuales, que son meros hitparades (cien películas que ver antes de morir I, II y III, Cien películas del oeste, las cien mejores películas de amor, etc...) sino que realiza un estudio exhaustivo del subgénero del surfterror, una auténtica tesis doctoral, en un ambiente universitario, planteándonos las claves de su nacimiento, fijándolo en la década de los cincuenta en los autocines de sesión continua en los que tras la exhibición de una película de terror se echaba una de Fiesta en la playa (la combinación de ambas en un sólo producto era sólo cuestión de tiempo), posterior punto álgido con la guerra de Vietnam y el fin de la arcadia americana, época de aparente muerte del género en los setenta y ochenta, hasta su renacimiento en pleno siglo XXI gracias a las nuevas tecnologías, que facilitan los efectos especiales de los que se nutre la serie B, y la increíble popularidad que, por desgracia, para sus practicantes, está alcanzando el deporte del surfing a escala planetaria.
  Una buena estructura, un cuidado estilo y un agudo sentido del humor que dan al ensayo una lectura ágil y que gusta, pese a que no seas un fan de la serie B. Una pequeña joya que sorprende que se haya escrito en España y en nuestro idioma, cuando el camino habitual es que se haga en algún país de habla anglosajona, donde el surf terror cuenta con una legión de seguidores, y posteriormente se traduzca al castellano. Un título que gustará a los fanáticos del género y que al resto nos hará conocerlo, junto a un sinfín de curiosidades y anécdotas divertidas.
Título: Suelta tu sucio tentáculo de mi tabla
Antetítulo: Zombis, olas asesinas y pulpos de goma
Subtítulo: Historia del Surf Terror
Autor: Fran Díez
Editorial: DXT
Número de páginas: 240
Punto de venta: Librerías de Cantabria y Amazon

martes, 26 de febrero de 2019

Suelta tu sucio tentáculo de mi tabla. Homenaje al ‘surfterror’ a cargo de Fran Díez

Portada de la nueva obra de Fran Díez.
 Si a los surfistas nos preguntan por nombres de películas de surf, casi seguro que la mayoría, en nuestro más absoluto desconocimiento,  diremos media docena de títulos.  La selección no creo que diste mucho de la formada por ‘El gran Miércoles’, ‘Le llaman Bodhi’ (la buena, la de Patrick Swayze y Keanu Reeves, no el infumable remake de hace unos años), ‘En las manos de Dios’, ‘Persiguiendo Mavericks’, ‘Soul surfer’, ‘En el filo de las olas’ y pare usted de contar. Lo que muchos desconocemos es que detrás de esta lista oficial existe todo un subgénero que asocia el surf al terror de serie B o Z más bizarro y desenfadado. Tiburones metamorfoseados a base de cutres efectos informáticos, surfistas vampiros, nazis, católicos, satánicos o de cualquier condición imaginable, monstruos que vienen del espacio, de ensayos nucleares, criminales que ocultan su identidad travistiéndose con cutres disfraces que parecen comprados en el chino de la esquina al más puro estilo de episodio de Scooby Doo conviven en este prolífico subgénero que cada año trae puntualmente su generosa cosecha a las pantallas de televisión, de ordenador y muy rara vez, aunque cada vez más, a las de nuestros cines. El periodista cántabro, Fran Díez, acaba de sacar su libro ‘Suelta tu sucio tentáculo de mi tabla’ donde homenajea y reivindica este género a menudo desconocido entre los practicantes del deporte que aporta por lo menos el 50 por cierto de su nombre.
 
-Echándole un vistazo a tu nuevo libro podemos llegar a la conclusión de que hay vida cinematográfica en el surf más allá de ‘El gran miércoles’ y ‘Le llaman Bodhi’…
-Es sorprendente. El surf es un deporte tan visual, que ya no sólo en el cine, en la publicidad, he llegado a ver anuncios de bancos, de coches, de seguros, que utilizan el surf... ¿Por qué? Como digo es un deporte muy visual y transmite valores. Hay buenas películas de Surf, ‘El gran miércoles’, de John Milius, un gran surfista, que hizo mucho por este deporte. Lo curioso, lo llamativo, en lo que me centro en el libro es en esta especie de subgénero que hay de cine que une el terror con el surf. Es una unión muy sorprendente, porque no se da con otros deportes, no puedes hablar de fútbol terror o de béisbol terror…
 
Presentación del libro de 'surfterror' en La Surfería de Suances.

-¿Por qué se da entonces esta ‘extraña’ simbiosis tan chocante entre el surf y este cine de terror de serie B?
-Quizá porque el surf es muy visual, muy luminoso, transmite una serie de valores positivos; y el terror, todo lo contrario. Esa dualidad, esa oposición a los creadores les llama mucho la atención. Es algo que ha fascinado a mucha gente. Tim Burton, por ejemplo, en su primer corto, en el año 82, ‘Luau’, jugaba con eso, con el surf y el terror. En la segunda parte de Beetlejuice, pensaban llevar a este fantasma que exorciza a los vivos a Hawái a un hotel, pero finalmente la película se quedó en el limbo. Ha habido muchos otros creadores… John Carpenter también incluyó, en una de sus primeras películas, ‘Dark Star’, un surfista hippie en el espacio.
 
Resto de entrevista:
 
 
 

jueves, 17 de enero de 2019

Reflexiones desde el pico: la difícil y a veces necesaria tarea de renunciar a nuestras metas


 Casi igual de importante que luchar por una meta me parece saber abandonar o renunciar a ella… Cuando la hemos peleado y hemos constatado su imposibilidad, claro. Y es que en este mundo de coachs, de originales y virales vídeos motivacionales a base de diálogos emotivos y sensibleros extraídos de películas y bandas sonoras como Rocky, 300, Gladiator, Un domingo cualquiera..., de libros de autoayuda con records de venta con títulos tan sugerentes como ‘Camino al Éxito’, ‘La senda de los vencedores’,  reconozco que resulta muy disidente y puede llegar a acomplejar atreverse a decir, en público, que tan importante es luchar por una meta como aprender a renunciar a tu objetivo, cuando su consecución o realización, bien por circunstancias o por uno mismo, no nos es posible.
 
 
  Cualquiera que ha aprendido o ha empezado a practicar un deporte en su infancia o adolescencia ha soñado con convertirse, algún día, en un profesional o estrella del mismo. La mayoría de las veces la vida, la genética o el nivel del prójimo nos acaban poniendo en nuestro sitio y tenemos que desistir en nuestro empeño. ¿Ha supuesto esto que abandonemos este deporte? Me atrevería a decir que, en un alto porcentaje, no. ¿Qué hemos hecho tras este desengaño? Tras un periodo inicial bastante duro, en el que hemos tenido que asimilar y digerir la cruda realidad, en el caso de los surfistas o bodyboarders, que jamás seríamos Kelly Slater o Mike Stewart (sí, lo reconozco, soy viejo de cojones), nos hemos acabado ‘contentando’ con ser meros practicantes, y el resultado, pese a no ser el inicial, lejos de ser decepcionante, ha acabado siendo la mayoría de las veces mejor de lo esperado: nos hemos convertido en amantes apasionados e incondicionales de un deporte que pese a no generarnos dinero, nos ha dado cosas me atrevo a decir igual o hasta más importantes.
La vida está llena de ejemplos similares. De recalibración o reajuste de objetivos. Sin ir más lejos,  ahí tenemos nuestras vivencias en el instituto o en la universidad, cuando nos gustaba una chica de la clase, y finalmente hemos descubierto, tras verla morreándose con un macarra con vespino a la salida, que jamás sería para nosotros. Por unas semanas nos hemos sentido el tipo más desgraciado del mundo, un romántico atormentado, una especie de nihilista misántropo que añora convertirse en un casto anacoreta e irse a vivir a las montañas, pero al final hemos conseguido salir adelante, y acabar sustituyendo nuestro sueño de amor por otro.
Y es que por eso mismo es importante  saber cuándo decir basta a una meta y no enrocarse en ella, porque sólo soltando viejas metas, que en su día fueran sanas, ilusionantes, y que de forma imperceptible  se nos han ido enquistando, hasta convertirse en obsesiones, en terribles cargas casi tan pesadas como el anillo de poder de la obra de Tolkien, vienen metas nuevas. Creo que esta capacidad para saber renunciar a una meta es de las cosas más difíciles de la vida. Es algo que no se nos enseña y que incluso en esta sociedad competitiva se nos castiga o penaliza sólo por insinuarlo.
Cuando nos obcecamos con un sueño, cuando no sabemos renunciar a tiempo a una meta, abandonándola o replanteándola, muchas veces por el camino nos frustramos y nos amargamos. Hay gente que no ha digerido o asimilado que jamás será un profesional de un deporte, o alcanzará un determinado status social o profesional, o se casó y formó una familia con aquella chica o chico de la adolescencia; la rutina está llena a puñados de este tipo de personas. Amargados, resentidos, se encuentran incómodos en ventanillas, en vagones de metro, en los coches que les lleva a sus lugares de trabajo, o simplemente te los cruzas en los ascensores, o en el pico o en el parking de una playa, o en casa, porque consideran que no están en la vida dónde o con quien les gustaría. Al mismo tiempo, he aquí la paradoja, hace tiempo que dejaron de pelear por conseguir su meta, pero en su fuero interno no lo han superado.
Pero ¿cómo se consigue renunciar  a algo que para nosotros es tan importante, algo tan íntimo, profundo y vital? A ciencia cierta no lo sé, por desgracia no tengo ese conocimiento, pero creo que fundamentalmente consistiría en ser justos con nosotros mismos, reconociendo nuestro esfuerzo, nuestro trabajo a la hora de perseguir esa meta. La teoría es fácil, luego la práctica es otra cosa… Al principio lo viviremos como lo que es, no tenemos que tener miedo a emplear ciertas palabras que hoy en día están proscritas y cuyo empleo está casi penalizado: pérdida, derrota, duelo, fracaso, equivocación... Mucha gente las tiene eliminadas de su vocabulario, como si por no pronunciarlas no existiesen.  Y censura con dureza a quien se atreve a invocarlas. A menudo les llama pesimistas, agoreros, perdedores. No los quieren a su lado, les quieren lejos, porque su ejemplo les recuerda que sobre ellos también pesa la posibilidad del propio fracaso y del error. Negamos la posibilidad de derrota, pero no nos damos cuenta que con su negación renunciamos a la capacidad de aprendizaje y de rectificación que emanan de la misma. Las victorias se disfrutan, pero de las derrotas se aprende. Pero más importante que el aprendizaje es la capacidad de rectificación. Imaginemos por un momento que nos tragamos sin reservas esos lemas publicitarios  que nos inculcan hasta en la sopa de que nada es imposible, que puedes hacer cualquier cosa, que tu voluntad es tu propio límite, que no hay barreras...  ¿Qué ocurriría si nos marcásemos una meta increíblemente ambiciosa? Veríamos hipotecada toda nuestra vida porque en su día no calculamos bien nuestro fin; y lo más grave no podríamos ni tan siquiera plantearnos hacer otras cosas o quedarnos en un paso intermedio menos ambicioso, pero más satisfactorio, porque la capitulación no entra en nuestro vocabulario.
Como digo muchas veces resulta más difícil renunciar a una meta que la propia consecución de la misma, pero decir basta es algo tan difícil como necesario para estar en paz con uno mismo. Estoy tan seguro de ello como sé que si lo conseguimos nos sentiremos liberados, como si nos hubiésemos quitado una gran carga de encima, y dejaríamos libre un montón de energía que tenemos bloqueada y que podríamos invertir en otras cosas. Lejos de lo que nos han contado los adalides de la competitivad de la renuncia o del fracaso de una meta no llega irremediablemente el conformismo y el inmovilismo. Contra todo pronóstico, de la renuncia, puede llegar la liberación, el dinamismo. Al igual que de la persistencia, la resistencia, la terquedad podemos desembocar en el inmovilismo, la frustración, la ira, la injusticia con uno mismo y con los demás, la infelicidad. Todo lo contrario de lo que nos han contado y hemos creído hasta ahora.