viernes, 6 de julio de 2018

Hacia rutas Salvajes y Años Salvajes, o la enorme indignación con la que el hombre corriente recibe la vida de los grandes aventureros


  A raíz de la lectura del libro de William Finnegan Años Salvajes, me entraron ganas de leer otro libro cuyo protagonista se ve también dominado por sus ansias de aventura como Hacia Rutas Salvajes.  En la contraportada del libro de Finnegan, el crítico literario del The New York Times Magazine, Jay Caspian, dice textualmente que Años Salvajes “como Hacia rutas Salvajes de Krakauer, es una indagación empática de lo que ocurre cuando las ideas literarias sobre la libertad y la pureza calan en un joven y lo llevan a los lugares más recónditos del mundo”. De alguna forma, esta cita me puso definitivamente sobre la pista del libro de Krakauer, que hasta el momento solo conocía por la adaptación cinematográfica de Sean Penn, la cual nunca había visto completa, salvo fragmentos sueltos.
  
   Tal y como explica el periodista y aventurero Jon Krakauer en un primer momento Hacia Rutas Salvajes fue un reportaje periodístico que se publicó en la revista Outside. En él, Krakauer cuenta la historia del joven de 24 años Chris McCandless. McCandless, dominado por un espíritu romántico y libertario, se interna solo y sin apenas equipamiento en las duras tierras de Alaska con el sueño de poder vivir de lo que caza y recolecta en la naturaleza, dejando atrás la civilización y el dinero. Cuatro meses más tarde, unos cazadores encuentran su cuerpo sin vida. Esta es posiblemente la gran diferencia existente entre Finnegan de Años Salvajes y McCandless de Hacia Rutas Salvajes. Mientras uno consigue salir vivo de su aventura, se reinserta en la sociedad y se convierte en un prestigioso periodista de conflictos internacionales, incluso gana el Pulitzer, McCandless perece en su aventura y su sueño le cobra la más alta de las facturas: su vida.

  Otra de las cosas que me ha llamado poderosamente la atención es la gran hostilidad con la que la gente recibió la historia de McCandless. Lejos de admirar al protagonista por su gesta y su valentía (aguantó en soledad y alimentándose de lo que recolectaba y cazaba en el bosque la friolera de cuatro meses, en un entorno tan hostil como el de Alaska), Krakauer relata cómo tras la publicación del reportaje a la redacción de Outside no hacían más que llegar decenas de cartas criticando al difunto joven por su soberbia, inconsciencia, ignorancia, y por el gran dolor que su egoísmo y falta de empatía había causado en sus pobres padres… Entre otras cosas se acusa a McCandless de arrogante por sobrestimar sus conocimientos de supervivencia y al mismo tiempo subestimar a la propia naturaleza. Algunos lectores directamente le llaman estúpido por internarse en Alaska con una mochila con tan solo cinco kilos de arroz, una escopeta de pequeño calibre con la que no  podía abatir piezas de gran tamaño, sin ropa de invierno ni víveres suficientes. Hay quien se ensaña e incluso le llama tonto y  dice que McCandless podría seguir vivo tan sólo con haber leído un libro de supervivencia como los que les dan a los boy scouts en sus campamentos…
   Todas estas reacciones me han hecho reflexionar sobre el efecto que historias como la de McCandless y Finnegan causan en la gente corriente, entre la que me incluyo. Como no me puedo meter en la mente de todos los que escribieron aquellas cartas sobre McCandless y su falta de preparación, su idealismo inconsciente y autodestructivo, lo que sí puedo hacer es decir lo que yo creo que nos pasa con todos estos aventureros. La historia del joven McCandless nos toca la fibra sensible y algo muy dentro de nosotros. Algo que poco o nada tiene que ver con nuestra indignación porque alguien que está en la flor de la vida perezca por no llevar linternas, un forro polar o suficientes latas de conservas.  Es algo mucho más profundo e íntimo. Una herida latente que muchos tenemos y que no por ser ignorada ha dejado de supurar. Una herida cuyo origen son los grandes sueños olvidados y la renuncia a cumplirlos en esta vida. McCandless nos recuerda que existe una alternativa a lo que nosotros elegimos en su día y muchas veces justificamos con un poco creíble “no tuve más remedio”; que entre seguir los parámetros sociales y hacer lo que esperan de nosotros, hay otra vía; que nuestros sueños de juventud no tienen por qué ser irremediablemente postergados o traicionados por hacer lo convencional o lo predispuesto.

    Chris McCandlees emprendió su viaje a Alaska en busca de la naturaleza cuando tenía 24 años, nada más salir de la universidad. William Finnegan ni tan siquiera acabó sus estudios universitarios, se marchó a recorrer el mundo en busca de olas perfectas. Cuando la mayoría de nosotros estamos buscando másters, doctorados, prácticas, enviando currículums a empresas, apuntándonos en oficinas de empleo o nos planteamos un viaje para aprender idiomas, algo que de alguna forma facilite nuestra incorporación al mercado laboral, Chris dejó su confortable hogar de clase media-alta, quemó su dinero y emprendió una aventura, abandonando un futuro profesional de lo más prometedor. Tal vez, la gran hostilidad con la que la gente recibimos historias como éstas tenga que ver con la envidia de ver que alguien tuvo la valentía de hacer algo que nosotros no hicimos y deseamos hacer; o también porque a menudo estos aventureros nos recuerdan a nosotros mismos que en el enorme dilema de tener que elegir entre el camino trillado y más seguro de lo convencional y socialmente aceptado y la incertidumbre de lo insólito nosotros cogimos el primero.

  Durante muchos años, invariablemente, cuando leía en revistas de surf la historia de jóvenes surfistas que emprendían viajes por el mundo en busca de olas paradisiacas, tubos perfectos… recibía estas noticias de la misma manera. Al igual que los lectores de Outside, lejos de admirarles por hacer lo que yo quería y no me atrevía, sin conocerles ni a ellos ni sus circunstancias personales, los criticaba duramente e invariablemente les catalogaba de “hijos de papá” que tenían la vida solucionada y no tenían que trabajar ni estudiar para subsistir.  Creía que a su regreso les estaría esperando el dinero de papá, como un colchón de seguridad, para salvarlos de su ‘inconsciencia’. Recibir estas historias con hostilidad, como si se tratase de una especie de insulto personal, y no como una oportunidad de aprendizaje, supuso en mi caso un gran e imperdonable error, pues me cerró por completo a otras experiencias o alternativas, y me hizo concebir mi propia existencia como una obligación perpetua en la que invariablemente había que hacer siempre lo mismo, porque no me permitía ver más opciones,  y en la que el único rol que me quedada era el de ser responsable.
  Hoy, desde mi supuesta madurez, no puedo hacer más que envidiar y admirar  profundamente a los aventureros. Admiro, respeto y siento un enorme cariño por Chris McCandless, un gran aventurero y un ejemplo para aquellos que pensamos que el gran pecado no es morir persiguiendo un sueño es vivir sin tan ni siquiera haber intentado cumplirlos, o directamente abandonándolos.

  Los fríos y yermos parajes de Alaska, la posibilidad de sufrir un accidente en una playa en un país remoto con una red sanitaria deficitaria puede provocarnos la muerte física, pero a menudo se nos olvida que existe otra forma de morir, mucho más silenciosa, pero más letal; y es la que ejerce la asfixiante rutina, con sus cargas y responsabilidades nada gratificantes, en nuestras almas. De esa Chris McCandless salió indemne.

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